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Fútbol
19 | 06 | 2016
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La memoria de la Selección

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Después de 22 años la Selección volvió a Bostón para ganarle 4-1 a Venezuela. Discreta producción en el primer tiempo, muy buena en el complemento cuando se adueñó de la pelota, controló el partido a voluntad y dejó al desnudo las grandes diferencias que lo separan de su adversario. El cruce con Estados Unidos no debería complicar a Argentina.

La memoria de la Selección
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En las viejas o nuevas memorias del fútbol nacional, Boston (uno de los refugios culturales más influyentes de Estados Unidos) se vincula a un recuerdo sumamente doloroso para la sociedad argentina: allí, en el Foxboro Stadium que se demolió y se reconvirtió desde el 9 de septiembre de 2002 en el Gillette Stadium, Diego Maradona jugó su último partido para la Selección aquel sábado 25 de junio de 1994 (Argentina enfrentó a Nigeria en USA 94 y ganó 2-1 con dos goles recordadísimos de Claudio Caniggia) cuando un antidoping positivo le cortó las piernas y empezó a quemarle las ilusiones a ese equipazo que había armado Alfio Basile.

Casi 22 años después la Selección regresó a Boston para cruzarse con Venezuela por los cuartos de final de la Copa América Centenario. Maradona ya no juega más, pero continúa jugando en el recuerdo de todos los que vieron y de todos los que lo imaginaron. Los duendes de Diego, seguramente, siguen frecuentando la geografía de Boston. Pero el partido ante Venezuela trascendió cualquier figura espectral. Era una prueba tan concreta como real.

Tenía que ganar la Selección. Y tenía que jugar bien la Selección. ¿Qué hizo de cara a esas dos demandas frente a un rival que en la teoría está 3 o 4 goles debajo de Argentina, incluso reconociendo el crecimiento que viene experimentando Venezuela apostando a la especulación y el contraataque?

Hizo, en definitiva, lo que tenía que hacer. Goleó 4-1 y jugó muy bien en el segundo tiempo. ¿Por qué no mencionamos la primera etapa? Porque aunque se fue al vestuario 2-0 arriba con 2 goles de Higuaín, no logró construir un rendimiento aceptable. Su nivel fue discreto. E incluso padeció llegadas claras de Venezuela (dos de ellas las tapó Romero en estupendas intervenciones, un cabezazo de Rondón rebotó en el palo izquierdo y Seijas picó un penal que el arquero argentino detuvo sin inconvenientes) que delataron los problemas inocultables  de la Selección para defenderse sin la pelota.

No son nuevos esos efectos, no deseados, que sufre la Selección. Cuando no tiene la pelota no entra en una gran crisis, pero da la sensación que no controla el partido. Por lo menos no lo controla estratégicamente. Y se complica más de lo que debería complicarse. Porque deja agrandar a los adversarios. Y Venezuela en algunos pasajes se agrandó. En especial, en el último cuarto de hora del primer tiempo cuando dispuso de la pelota, presionó más arriba y generó situaciones claras.

La duda se instala en las verdaderas intenciones que quiere plasmar la Selección después que se pone en ventaja. Porque pareciera que pretende manejar los desarrollos jugando al contraataque. Y ahí se quiebra. Se parte. Se desorganiza. Y pierde la presencia que debe tener un equipo superior como lo es Argentina, quizás hoy considerada con razón la mejor Selección del mundo. Y si no lo es, pega en el palo.

Trascendiendo cierta confusión en los primeros 45 minutos, la historia escrita del complemento fue totalmente sensible al potencial futbolístico que acredita Argentina. Finalizó 4-1 porque las circunstancias así lo impusieron. Pero el resultado final fue lo de menos. Con Messi libre por todo el frente de ataque como tiene que ser. Y no como jugó en la primera etapa cuando siempre arrancó por la banda derecha. Messi, como todos los genios del fútbol mundial (Di Stéfano, Maradona, Pelé, Cruyff), precisa entrar más en contacto con la pelota. A mayores intervenciones, mayores desequilibrios.

Y posibilidades de asociarse a uno o dos toques con cualquiera que se le acerque. En el tercer gol que le permitió a Messi llegar a 54 conquistas con la Selección e igualar la marca de Batistuta, metió una pared quirúrgica con Gaitán y la tocó suave de zurda entre las piernas del arquero Hernández.

El descuento de Rondón con un cabezazo formidable al segundo palo y el cuarto de Lamela sirvieron solo como decoración de lo que ya se había resuelto. La Selección estaba 3 o 4 goles por arriba de Venezuela, aunque las cifras puedan ser calificadas como demasiado generosas. No lo son en realidad. Expresan las diferencias que siguen existiendo, más allá de que Venezuela haya derrotado y eliminado a Uruguay y le haya un muy uen partido a México.

Pero Argentina tiene más que el resto. Más fútbol. Más categoría individual. Más recursos en todas las líneas. Por eso es una pena que por momentos se confunda, como se confundió durante varios minutos en el primer tiempo. Después se recuperó casi monopolizando la pelota y puso las cosas en su lugar.

Lo fundamental es eso: que funcione como en el complemento. Que no le regale ni le preste la pelota a nadie. Que la tenga. Que la cuide. Y que el martes, en Houston, frente a Estados Unidos, conserve la memoria. La memoria de atesorar la pelota. Y de administrar los tiempos y los ritmos de los partidos.           

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