jueves 8.12.2016 - Actualizado hace
Fútbol
19 | 07 | 2016
Imprimir
Agrandar
Reducir

La obra de Houseman

Eduardo Verona
0
Comentarios
Por Eduardo Verona


Su fútbol extraordinario perdura en el recuerdo de aquellos que lo vieron y de aquellos que lo imaginan. René Houseman a los 63 años, sigue encarnando al jugador que contempla la habilidad y la inteligencia puesta al servicio del equipo. Integrante de aquel Huracán campeón del 73, el Hueso expresa la magia siempre reivindicada del fútbol.

La obra de Houseman
Foto:

"Lo que yo siempre quise es pasarla bien en una cancha", dijo en varios momentos de su carrera René Orlando Houseman. El hombre menudo y frágil que este 19 de julio cumplió 63 años nunca se traicionó. La pasó bien en una cancha. Y la pasaron muy bien todos aquellos que lo vieron volar por la derecha o dibujar una diagonal que terminó en gol. De hecho, en Huracán en 277 partidos convirtió 109 goles.


Era puntero el Hueso. Pero el lateral o la banda derecha le quedaba chica. Porque podía arrancar por cualquier sector de la cancha. Y armar desparramos inolvidables. Frenaba, amagaba y salía. Volvía a frenar y volvía a salir para dejar a los marcadores girando en falso y frecuentando el ridículo. Salvo con el Conejo Tarantini a quien René siempre mencionó como el jugador al que nunca terminaba de gambetear. "Lo pasaba y lo tenía ahí de nuevo. Me tenía de hijo el Conejo", confesó alguna vez sobre su ex compañero de Selección.

"Hablaba poco el Loco. Yo lo vi por primera vez cuando en una pretemporada en Mar del Plata (nos comenta Roque Avallay, integrante de aquella legendaria delantera del 73 que formó junto a Houseman, Brindisi, Babington y Larrosa) se sumó al plantel. El Flaco Menotti nos había adelantado un mediodía que se iba a incorporar un pibe que jugaba en al ascenso. Ni sabíamos como se llamaba. Ese mediodía estábamos almorzando en el hotel. Y yo veo que hay un pibe que está al lado de la puerta del hotel apoyando un pie en la pared y fumando un pucho. Era René. Me acerqué, le pregunté si era jugador. Me respondió que sí. Y que enseguida iba a entrar. Le avisé a Menotti. El Loco tiró el pucho, entró y lo presentó el Flaco. Se sentó en la mesa que estábamos junto con Brindisi, Babington y uno o dos muchachos más que no me acuerdo. No hablaba casi nada René. No teníamos ni idea de lo que jugaba. Hasta que en el primer entrenamiento no lo podía parar nadie. Enganchaba, metía caños, el Coco Basile le tiraba con todo y ni lo veía. Era una flecha. Todos nos miramos sorprendidos. En el primer amistoso en Mar del Plata metió un par de arranques terribles en velocidad gambeteando tipos y la gente de la platea se paraba para aplaudirlo. Nos gritaban que se la diéramos al siete. Cada vez que recibía la pelota hacía un desastre".
 
Era un duende René. Como escribió el poeta uruguayo Horacio Ferrer en Balada para un loco: Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus. ¿Qué tenía cosas del Loco Omar Orestes Corbatta? Sí. ¿Qué tenía cosas del genial Mané Garrincha? Sí. ¿Qué tenía cosas de Raúl Emilio Bernao? Sí.

Ese estupendo alquimista del fútbol que fue Houseman, gran admirador de Angel Clemente Rojas, conservaba la fina sensibilidad para que su fútbol disparara distintas comparaciones. Pero él era único. No copiaba. No hacía lo que había visto en otros cracks. Tenía vuelo propio para manejarse adentro y afuera de la cancha.

Afuera, vivía como vivió siempre. Con lo justo. Sin dramatizar. Sin victimizarse. Naturalizando sus luces y sus sombras. Acompañando una copa. Fumando en la espera. E Incluso fumando en los vestuarios, como nos dijo Avallay hace unos días: "El Loco también fumaba en los entretiempos de los partidos. Llegábamos al vestuario, descansábamos un ratito antes de escuchar al Flaco sobre algunos detalles del juego y René estaba en una salita cercana con un pucho. Menotti lo sabía. Pero no había problemas".

Ese pibe de 20 años que la rompió en aquel Huracán campeón del 73, parecía estar al margen de todos los convencionalismos. Escuchaba a Menotti. Y hasta en más de una oportunidad lo definió como su "segundo padre". Menotti le ofrecía un menú de libertades acorde a la dimensión futbolística de René. Libertades dentro del brillante funcionamiento que exhibía el equipo.

Houseman no se confundía. No se cortaba solo. No era un morfón. No era un individualista que mostraba su extraordinaria habilidad fuera de contexto. Interpretaba con inteligencia su rol. No hacía show. Construía fútbol de alta calidad. Y esa calidad que reivindicaba sin esfuerzos servía para hacer goles y ganar partiditos y partidazos.

Su magia siempre recordada hasta por los que nunca lo vieron ni trotar en una cancha suele despertar nostalgias inevitables. Supo capturar el Loco Houseman los misterios de lo desconocido. Porque vendió buzones en la canchas. Vendió palomas y conejos sin anunciar nada. Vendió sospechas fundamentadas de que un pibe de apariencia frágil, medias bajas y piernas endebles, podía igual ser un jugador excepcional que también se consagró con la Selección del Flaco Menotti campeón del mundo en 1978. Antes, en el Mundial de Alemania de 1974, ya había deslumbrado en el 1-1 frente a Italia, cuando anotó un golazo entrándole de zurda al segundo palo de Dino Zoff después de recibir un pase magistral del Inglés Babington.

Cumplió 63 años René este 19 de julio. Los números, casi siempre insuficientes, son una anécdota. Los contenidos, en cambio, expresan a aquel talento que un mediodía de enero de 1973 apareció en un hotel de Mar del Plata. Con un pucho arrojado al asfalto. Y con el fútbol quemándole la piel.         
      Embed


Comentarios Facebook