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Política
26 | 07 | 2016
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La enfermedad la convirtió en un mito y leyenda

Marcelo Pensa
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Por Marcelo Pensa


Su última aparición en público fue cuando Perón asumió nuevamente la presidencia de la Nación. "En la calle hace mucho frío, es mejor que se quede", le aconsejaron sus colaboradores. "La única manera de que me quede en cama es estando muerta", respondió con sus últimas fuerzas.

La enfermedad la convirtió en un mito y leyenda
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El 9 de enero de 1950, Evita sufrió un desmayo cuando participaba de la inauguración del sindicato de los taxistas en Puerto Nuevo. El día 13, la Subsecretaría de informaciones anunció que debía alejarse por una semana de sus actividades ya que debía ser intervenida quirúrgicamente de una apendicitis. Sin embargo, hacía mucho tiempo que Eva padecía frecuentes hemorragias y, por su conocida aversión a los médicos, temía consultar. Al operar, los médicos extrajeron una porción de tejido del útero para realizar una biopsia.

El 14 de febrero sufrió un nuevo desmayo en la sede de la Fundación y fue trasladada a la residencia presidencial, ubicada por aquel entonces en la Avenida del Libertador. El ministro de Educación y médico de Evita, Oscar Ivanesevich, le advirtió que su afección era grave, que debía cuidarse y descansar. Como respuesta, Evita le propinó una cachetada, se negó a ver la realidad de su problema y siguió con su ritmo desenfrenado de trabajo.

Durante 1951, su estado se fue agravando poco a poco. El 5 de noviembre de ese año, luego de su histórico renunciamiento, fue operada por el prestigioso cancerólogo norteamericano George Pack. Evita desconocía la presencia de este especialista ya que sus allegados no querían preocuparla sobre el empeoramiento de su estado de salud. Pack advirtió que si disminuía su ritmo de trabajo y se cuidaba, su vida podía prolongarse unos años más.

El 11 de noviembre, Eva votó estando internada en el hospital. Las imágenes la mostraron muy desmejorada. Al regresar a la residencia, regresaron los dolores y la falta de apetito. Todo indicaba que era el final y que Evita, que aún se negaba a descansar, había elegido ese camino de inmolación.

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Su masa corporal se reducía a pasos agigantados y en abril de 1952 pesaba solamente 38 kilos. Las radiaciones a las que se exponía para reducir su cáncer le habían producido quemaduras en el cuello, los tobillos, la espalda y la metástasis ya había tomado casi todo su frágil cuerpo.

Durante el discurso en Plaza de Mayo por el Día de Trabajo, el 1° de mayo de 1952, Perón debió sostenerla por la cintura. "Cuando terminó de hablar, creí que estaba abrazando a una muerta", aseguró el general entre sus confidentes.

Su última aparición en público fue el 4 de junio, cuando Perón asumió nuevamente la presidencia de la Nación. "En la calle hace mucho frío, es mejor que se quede", le aconsejaron sus colaboradores. "Eso se los manda a decir Perón. Pero yo voy igual. La única manera de que me quede en cama es estando muerta", respondió con sus últimas fuerzas.

El fin era inevitable. La trasladaron a una habitación de la residencia, donde permaneció en una cama ortopédica y con oxígeno de emergencia siempre listo para ser utilizado. Una enfermera la cuidaba las 24 horas. "Aquellos días fueron el infierno para Evita -contó Perón-. Estaba reducida a su piel, a través de la cual se podía ver el blancor de sus huesos. Sus ojos parecían vivos y elocuentes. Se posaban sobre todas las cosas, interrogaban a todos, a veces estaban serenos y otras desesperados".

El 18 de julio, Evita entró en coma, pero durante la madrugada despertó de manera milagrosa y solicitó que le quiten el oxígeno. Los médicos ya nada podían hacer para mitigar los tremendos dolores que padecía de día y de noche. A las 10 de la mañana del sábado 26 de julio entró en un sopor del que ya no despertaría. Horas antes, había pedido a su peinador, Julio Alcaraz, que la peinara para su muerte y a su manicura que, luego de fallecer, cambiara el rojo de sus uñas por un color natural.

A las 20, los médicos aseguran que la muerte era inminente. Rodeada de sus hermanos, su madre, Perón y su confesor, el padre Benítez, Eva Perón dio el último suspiro a las 20.25, para convertirse en mito y leyenda.

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