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Fútbol
31 | 07 | 2016
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El pibe Barco

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Unos pocos minutos le alcanzaron a Ezequiel Barco para mostrar que puede ser una opción muy valiosa para Independiente. Se dirá que "hay que llevarlo despacio" para protegerlo, pero es una mentira piadosa. Sus 17 años no invalidan que pueda jugar desde el arranque armando una sociedad con Benítez y reformulando el sistema de Milito.

 El pibe Barco
Cabeza levantada, pelota al pie. Barco encara a Imperiale, de Gimnasia, ayer en La Plata. (Foto: @gastisz)
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El pibe Ezequiel Barco, 17 años, media punta o enganche, reciente aparición en Independiente, convoca a mirarlo. Y a que se expresen viejos lugares comunes muy propios del fútbol que el ambiente multiplica. Las palabras son más o menos siempre las mismas. Y podrían sintetizarse en este puñadito: "Hay que llevarlo despacio y cuidarlo".

¿Qué significa cuidarlo? No exponerlo a todos los que quieren acercarse para distraerlo de lo específico que es jugar al fútbol. Son los cholulos del sistema. Y son los que más temprano que tarde apuestan a sacar alguna ventajita con la figura que surge. Pero "cuidarlo" no es cerrarle la puerta de la pensión o del departamento donde va a vivir. Cada uno hace lo que puede y lo que quiere hacer.

Respecto a "llevarlo despacio", es un verso del fútbol. De los pocos minutos que pudieron observarse, queda una sensación inocultable: Barco juega bien. Y nadie puede llevarlo despacio, aunque tenga apenas 17 años. Y como juega bien, lo único que necesita es jugar. Más claro, imposible. 

Se van a escuchar por estos días que Gabriel Milito quiere darle minutos pero no demasiados, manejarlo sin prisa, dejar de lado los apuros que desaconsejan ponerlo de arranque y frases por el estilo que por la fuerza de las circunstancias se van a ir desvaneciendo y perdiendo valor. ¿Por qué? Porque reflejan una búsqueda de protección equivocada. O una especie de sobreprotección inconducente, muy habitual en estos casos.

      Ezequiel Barco.jpg

En el fútbol, quizás más que en otras actividades, existe la prepotencia de los hechos. No importa la edad de los protagonistas. Si tiene 16, 17 o 18 años. No importa el calendario. Importa lo que juega. Nadie está planteando que Barco tiene el fútbol que tenía Pelé, Maradona, Messi, Garrincha, Bochini, Houseman, Rojitas o el Beto Alonso.

Pero se advierte algo: no le pesa jugar en Primera. Entra, como lo hizo en la última media hora en el 1-1 de Independiente frente a Gimnasia y se mueve con absoluta naturalidad con y sin la pelota. Cuando se hace de la pelota en tres cuartos de cancha, no duda: va a encarar. Y encara con un manejo en velocidad que lo torna desequilibrante porque busca con decisión y sin tibiezas los últimos metros. Y lo importante es que no la quiere hacer toda para él: la pasa. Abre a los laterales o intenta una habilitación profunda por el centro.

Por supuesto que se distingue. Porque ve. Porque parece que no se le cerraran las ventanas en la medida en que avanza. Porque interpreta los tiempos del pase. Más corto o más largo. Más lateral o más filtrado. Y lo valioso es que no se nubla. Que sigue viendo. Que no se saca la pelota de encima largándola sin destino. Que quiere elegir. Porque sabe, no porque alguien se lo haya enseñado porque estas cosas no se enseñan, que puede elegir a quien darle la pelota. Esta señal habla de un jugador con cierto panorama. Lo que allá, muy lejos y hace tiempo, ese técnico visionario y mundano que fue Renato Cesarini, denominó periferia.

Bueno, el pibe Barco juega también a partir de esa mirada periférica. Que le permite salir de la gambeta y ya tener ubicado el pase con ventaja para el que lo recibe. Decir que es un crack es aventurado. Pero, sin dudas, va a frecuentar por algún tiempo esa sospecha que por el momento tiene algunos fundamentos. Porque cada vez que entra en contacto con la pelota deja flotando la sensación de que puede desnivelar. Y los que desnivelan en el fútbol de antes o de ahora son siempre los mismos: son aquellos que piensan más rápido que el resto. Que anticipan la jugada. Que la imaginan. Y a veces la concretan.

Se va a repetir como un mantra como señalamos en el comienzo que al pibe Barco "hay que llevarlo despacio". Para que no se frustre. Para que no se lo coman los leones. Para que no se le acerquen demasiado los que venden humo envasado. Y Milito dirá que tiene que ir paso por paso. Ganando minutos partido tras partido. Todas obviedades, en definitiva.

Lo concreto es que saltando de sexta división a Primera y con solo 17 años, Barco remite al fútbol de potrero. Porque transmite potrero su juego. Su picardía para ganar en el mano a mano. Su instinto de jugador que adivina la cancha. Después estará lo que le falta. Que a veces la tiene que largar un poco antes. Que tiene que ir a buscarla más arriba. Que tiene que bajar menos. Que busque más el área. Nada que no pueda incorporar.

Lo fundamental ya lo trae. Lo fundamental es la lectura del juego. Es la pelota y él en esa química que establecen aquellos tipos que conocen el rito. Por eso que juegue desde el arranque de un partido, intentando armar una sociedad con Martín Benítez, suena lógico. Aunque el latiguillo de "llevarlo despacio" se escuche como un canción que siempre vuelve. Pero que nadie se la cree. Milito tampoco tiene que creérsela. 

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