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Opinión
05 | 08 | 2016
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Pacto de no agresión

Gustavo Nigrelli
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Por Gustavo Nigrelli


La pelea que realizaron La Pantera Farías y Victoria Bustos –dos de las mejores exponentes del país- el último finde en Rosario, hizo retroceder varios escalones al boxeo femenino. En ambas boxeadoras quedó una deuda moral que va más allá de sus propios rendimientos y virtudes, y que es imprescindible erradicar, más en estos tiempos de escasez.

Pacto de no agresión
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En cualquier deporte se puede ganar o perder, tener un buen o mal desempeño, más o menos suerte. Sería injusto culpar a alguien por eso, ya que nadie tiene compradas esas variables, que no dependen de la voluntad, ni siquiera del esfuerzo.

Lo que jamás puede faltar es lo indispensable: el compromiso. La seriedad. La ambición y las ganas de querer "dar todo", no en términos de quedar exhausto, sino en cuanto a exponer la mejor versión de sí mismo sin despreciar la competencia, ya sea por subestimar al público, o por ensayar "alianzas" adoptando una postura cómplice con el rival.

Eso es burlar las reglas del juego. Y eso fue lo que se vio el pasado sábado en el club Sportivo América de Rosario, entre la campeona mundial superligero del CMB, la "Pantera" Érica Farías, y la local Victoria Bustos, en la pelea donde la primera retuvo su corona por puntos.

Sería una falta de respeto llamar "pelea" a lo que hicieron, pero valga como recurso para facilitar la redacción. Podríamos adjetivarla como "simulacro", pero tampoco lo fue, porque éste posee un grado más de credibilidad que ellas ni se esforzaron por teatralizar, siquiera como parodia.

Los escasos 2 minutos que tiene el boxeo femenino se redujeron a efímeros segundos, porque se la pasaron agarrándose. No por miedo, ni por necesidad -que se nota cuando es la causa y se admite porque no está prohibido-, sino por desidia.

Farías y Bustos lo hacían cómplicemente para que pasaran los minutos y la "pelea" se diluya trabajando lo menos posible. Como una travesura de chicas rebeldes de la secundaria, ayudadas por los desaforados gritos del árbitro Antonio Zaragoza, a quien dejaron en ridículo, desautorizándolo como a un preceptor desbordado.

"¡Paso atrás!", gritaba éste exasperado, encaprichado, aunque entre ambas hubiera luz para ejecutar maniobras, mientras las empujaba desafiando recomendaciones reglamentarias.

Y cuanto más fuerte la orden, más la desobediencia y más duradero el agarre, sin que ninguna de las dos intentara soltarse para poder golpear en el cuerpo a cuerpo, cosa permitida, aunque a esa altura a Zaragoza le importaba más recuperar su autoridad perdida, que encaminar la lucha.

El reglamento otorga armas para eso, como el descuento de puntos, o la doble descalificación, pero el árbitro decidió archivar ese recurso, o no lo recordó, cayendo en la trampa de ambas, que como buen círculo vicioso no se sabe quién comenzó, si el árbitro o las boxeadoras.

Para colmo, las insistentes -y ya absurdas- reglas del CMB de dar el resultado parcial del combate cada 4 rounds, amén de distraer la atención por anunciarse en medio del round y fomentar la especulación de la que va ganando, colaboró como un motivo extra para que se agarrasen más aún, prestas a escucharlo como si fuesen dos espectadoras más.

El CMB debe saber entender cuando una regla no camina y eliminarla, porque no sólo no aporta nada, sino que agrega problemas. Fue bueno el intento, pero en la práctica fracasó.

Por si fuera poco, el espectáculo que ambas ofrecían contrastaba con el que se estaba viendo por otro canal (Space), donde el mexicano Leo Santa Cruz y el irlandés Carl Frampton –que le sacó el supercampeonato pluma AMB al vencerlo por puntos- se estaban "matando".

Por eso, no ganó Farías. Perdimos todos. Incluso ella, considerada el año pasado por la UPERBOX como la mejor boxeadora del país, y galardonada con el Firpo de Oro Femenino.

Una Nº 1 –principalmente- no puede dar esa imagen, ni ser cómplice de ningún "pacto", ni nada parecido, por más tácito que sea. No puede no esforzarse por el espectáculo, ni desobedecer las reglas, o mostrarse irrespetuosa con ellas.

La Tigresa Acuña, pionera en este deporte, cuando peleaba contra su gran amiga "La Guapa" Montiel -que la ayudaba todos los días en el gimnasio-, le pegaba hasta por debajo de la lengua. Y le quería arrancar la cabeza, aún tras la orden de break y del sonido del gong, tanto que se ganó una fuerte crítica por eso. Por irse al otro extremo.

Los boxeadores –y más los Nº 1- pelean para sí -por supuesto-, pero ese pelear para sí incluye conformar a los jueces que tienen que darle la victoria, al público que los admira y pagó una entrada para verlos, a la TV que los pone en pantalla y paga los derechos, y al boxeo en sí para que se jerarquice, enriquezca, y les devuelva luego lo que ellos dan, cosa que bastante falta hace hoy en día.

Y en el caso particular de las mujeres, lo que ellas reclaman.

Y lo que reclaman es justamente paridad con los varones. Piden ganar lo mismo –o parecido- y se quejan de "discriminación" porque no es así, pero poco es lo que hacen para revertirlo, como ofrecer un producto equivalente, salvo honrosas excepciones.

Desde el vamos, pelean menos tiempo (2 minutos) y menos rounds (10 como máximo), cosa que no es culpa de ellas, sino de las prejuiciosas reglas que hicieron los hombres, y que ellas, en su mayoría, están dispuestas a cambiar.

Casi no existe el KO en sus combates, y son contadas las contiendas donde hay emoción, drama, arte, o virtuosismo. 

Son burdas mentiras aquellas que señalan -ya sea por ignorancia o por demagogia-, que las mujeres son más agresivas que los hombres, y que se pegan más, o que son más sanguíneas, feroces, peleadoras, etc. Para nada. Y basta con sentarse a verlas.

Poseen menos técnica, eso sí, menos defensa, y apuntan todo a la cabeza porque les cuesta entender que el cuerpo humano es más largo y que hay 6 variantes de golpes. Por eso son mucho más monótonas y repetitivas, tanto en lo bueno como en lo malo, ya que en su ADN histórico no está presente la pelea, y porque hay más de un siglo de desarrollo entre unos y otros.

El boxeo femenino argentino es potencia mundial y una destacada de aquí lo es prácticamente en el resto del mundo, y por ende, una referencia de techo.

De allí que se le estén rindiendo reconocimientos, quizás prematuros homenajes con apenas 15 años de vida, veladas exclusivas, y distinciones político-sociales. Es hora de que no decepcionen, y el homenaje lo empiecen a hacer ellas sobre el ring.

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