domingo 25.09.2016 - Actualizado hace
Río de Janeiro 2016
21 | 08 | 2016
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Cuando el amor por la camiseta se gana la identificación con la gente

Pablo Vignola
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Por Pablo Vignola


Los Juegos Olímpicos hicieron aflorar el costado más sensato de los hinchas argentinos. Esos que no le perdonan a Messi tres finales, se emocionan hasta las lágrimas con una medalla de Plata y aplauden el esfuerzo.

Cuando el amor por la camiseta se gana la identificación con la gente
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"¡Que gane el mejor!". Aquella vieja frase de honor que en tiempos contemporáneos ha dejado de escucharse en las canchas de fútbol y sus alrededores, reaparece con toda su esencia a la hora de los Juegos Olímpicos que logran lo que no pueden ni las religiones, ni los organismos de paz, ni el arte: unir al planeta al menos durante quince días. Y quizás en ese espíritu de sana competencia, en la que el fracaso angustia pero no lastima, y el triunfo alegra pero no distancia, se encuentre la mejor explicación a este fenómeno que se da en la sociedad argentina que reacciona con estados de ánimo muy disímiles a la hora de los resultados en un escenario u otros.

Al mismo público que defenestró a los jugadores de la Selección argentina de Fútbol después de obtener tres subcampeonatos seguidos, se le llenan los ojos de lágrimas valorando el esfuerzo del equipo de vóley que cayó en los cuartos de final, o el de los muchachos del basquet eliminados en la misma instancia. Ni qué decir al momento de reconocer la medalla de plata de Del Potro en tenis. Y así con cada una de las disciplinas: el handball, el lanzamiento con garrocha, la jabalina...

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Uno podría decir, en el primer impulso de un análisis de boliche, que la predisposición de los hinchas (o de los que se transforman en hinchas para acompañar deportes a los que jamás le prestaron atención) se predispone en favor de la condición amateur de los que más se sacrifican por conseguir la excelencia en su preparación; sin embargo, esta teoría se desvanece inmediatamente, cuando advertimos que deportes como el básquet, el tenis o el hockey (en el caso de Los Leones), integran el privilegiado grupo de los deportistas profesionales y, en varios casos, con contratos más altos que la de los futbolistas a los que tan fácilmente se los acusa de estar "llenos de guita" y de "no tener amor por la camiseta". Quiere decir que el afecto o la ausencia de un triunfalismo condenatorio no pasa por la billetera. Habrá que interpretar entonces que el meridiano de la reacción amor-odio pasa por otro lado. Porque te amo te aporreo.

Dicen los psicólogos que uno espera mucho más de los que ama que de los extraños. Y más allá de que deportes como el tenis, el básquet y hasta el creciente vóley generan simpatías muy intensas con legiones de seguidores que llegan incluso a ubicarlos en posiciones privilegiadas de su interés, el fútbol, para los argentinos, va más allá. Es parte de la identidad de la mayoría de los habitantes de un país que, cuando se presentan, lo hacen con nombre y apellido e hincha de determinado club. Es un juego que se ama desde la cuna y, por ese amor, se le exige mucho más.

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Con la contraseña de "el fútbol es una pasión", se superan los peajes más sagrados del espíritu deportivo, como por ejemplo, aquella frase del principio, "que gane el mejor", que le ha dejado su lugar a un mandamiento casi estúpido y que logró socavar los cimientos del juego: "hay que ganar aunque sea medio a cero y con un gol con la mano". A ello hay que agregarle la picardía (como sinónimo templado de la trampa) con los que muchos intentan suplantar falencias propias. Es mejor tratar de sacar ventajas por caminos alternativos antes que mejorar el rendimiento desde el esfuerzo del trabajo y la superación.

Ninguno de esos ingredientes nocivos aparecen en las recetas de las otras actividades en las que ser segundos, terceros o cuartos no descalifica; al contrario, distingue, reconforta. No hace falta caer en la chicana de la pregunta sobre lo más valioso, porque desde que se juega a algo, todos lo hacen para ganar: una Selección en la final del Mundial, un partido de paleta en la playa o un pibe frente a su abuelo en la Escoba de 15. Pero lo valioso es disfrutar del juego aún sabiendo que es casi imposible evitar la derrota.

En otras disciplinas ese esfuerzo se valora, se aplaude. En fútbol, por el motivo que sea, nos han enseñado que sólo importa el triunfo y nos sentimos muy cómodos como jueces implacables de los fracasos o, en el mejor de los casos, como claque aduladora en el pico de la gloria. Parece mucho más sano aprender el consejo del espíritu de los Juegos Olímpicos, que nos muestra a la pasión como un deporte y no como un argumento para justificar el fanatismo desmedido. Hagamos el intento. Al menos, hasta que empiece el fútbol.
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