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Fútbol
22 | 08 | 2016
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Aquella definición de Riquelme

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


El receso interminable del fútbol argentino que ya abarcó tres meses no permite como en otras oportunidades que los jugadores y técnicos invoquen la ausencia de tiempo para justificar lo que no hacen. Boca, River, Independiente, Racing y San Lorenzo mostraron todas las respuestas futbolísticas que por ahora no tienen

Aquella definición de Riquelme
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A tres meses de haber finalizado el último campeonato que consagró a Lanús en aquel baile fenomenal que le propinó a San Lorenzo derrotándolo por 4-0 en el estadio Monumental, el interminable receso dejó ver en algunos partidos las actualidades de casi todos los clubes. En especial, de los más grandes: Boca, River, Independiente, Racing y San Lorenzo.

¿Qué ofrecieron? Poco y nada. Si mostraron algo definido fueron grandes dificultades para armar y construir juego. En este caso no puede utilizarse la justificación que suele ponerse en primer plano en otras circunstancias cuando el período de vacaciones y las pretemporadas tienen que consumirse en apenas 4 o 5 semanas, a raíz del arranque de los torneos de verano durante la primera quincena de enero.

Ahora, por el caos promovido desde factores de poder ajenos al fútbol, el vaciamiento para generar otro escenario y la inoperancia organizada que se apoderó de AFA para intervenirla y allanar el camino a las sociedades anónimas en los clubes, la pretemporada termina siendo la más extensa de las últimas décadas. Tuvieron tiempos infrecuentes los técnicos y los planteles para encontrar una idea que exprese algo cercano a un funcionamiento.

Cada equipo dispuso por lo menos entre 65 y 75 entrenamientos, más allá de los partidos informales o formales que jugaron en estos meses. Sin embargo, no aparecieron buenas señales. Prevalecieron deudas futbolísticas demasiado evidentes que revelan algo sustancial: una mayoría de futbolistas más jóvenes o más experimentados tienen severos problemas para interpretar el juego. Y para plasmarlo en la cancha.

"Si se corre mucho es porque se juega mal. Si los jugadores se cansan a los 60 o 65 minutos es porque se juega mal. Cuando un equipo juega bien todos corren menos porque manejan los tiempos, los ritmos y descansan con la pelota"
. Las palabras rescatadas de una entrevista que concedió Juan Román Riquelme en Fox Sports el 17 de mayo de 2011, quizás sirvan para poner al desnudo lo que transmite y expresa el presente.

Riquelme denunciaba hace unos años la confusión como una tendencia imparable. Y esa tendencia a correr por correr como autitos chocadores se impuso como si fuese una marca registrada sensible a la modernidad. Tres o cuatro décadas atrás los jugadores, en promedio, corrían por partido 7 kilómetros. Hoy más de 12 kilómetros.

Pero el fútbol nunca fue caracterizado como un maratón, más allá de las exigencias físicas. No parar de correr durante 90 minutos no significa jugar bien. Significa correr mucho. Jugar bien es otra cosa. Riquelme, por citar un caso muy reciente, lo ejemplificó desde que debutó en Primera el 10 de noviembre de 1996 con la camiseta de Boca hasta que se retiró el 7 de diciembre de 2014 con la de Argentinos Juniors.

Este fútbol argentino en el que los jugadores pretenden, en vano, ser más veloces que la pelota, también confunde a los técnicos. Creen que si sus jugadores corren más que los rivales harán la diferencia en el juego y en el resultado. Esta simplificación intelectual propia de lecturas despojadas de inteligencia, desborda mediocridad y facilismo.
 
Las producciones tan discretas de Boca, River, Independiente, Racing y San Lorenzo en la recta final que va a desembocar en el campeonato más postergado de la historia, de ninguna manera parecieron casuales. Son el efecto no deseado del fútbol alejado del placer. Que no es jugar lindo. Acá no se trata de jugar lindo o feo. Se trata de jugar bien o mal.

Quedarse con una jugadita, con el bombazo de Pablo Pérez a San Lorenzo que se transformó en gol, con algo de éste o de aquel en una ráfaga que no la recuerda nadie, no alcanza ni para satisfacer a los que cultivan la teoría de la resignación en todos los planos.

Los entrenadores, naturalmente, no pueden mirar para otro lado transfiriendo las responsabilidades. Están ahí para hacer crecer a los jugadores. Para dejarles algo. En especial, conocimientos. Que por supuesto trascienden un sistema táctico.

Estos tres meses dejaron instalada esa ausencia. La del fútbol sin garbo. Sin luces. Y sin embargo con una impresionante capacidad para venderse como un producto insustituible.
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