domingo 25.09.2016 - Actualizado hace
Historias de vida
04 | 09 | 2016
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Jesús Romero, el campeón eterno del barrio Rivadavia

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Solo y con apenas 10 años llegó al Bajo Flores donde se afincó para siempre, concretó su sueño de ser boxeador de fuste y ahora, con su gimnasio y un comedor comunitario, rescata a chicos de la marginalidad y las droga.

Jesús Romero, el campeón eterno del barrio Rivadavia
Laura Tenenbaum
Foto:

Después de una noche de 'gira', muchos jóvenes doblegados por la droga encuentran en su vuelta a la Villa 1-11-14 a otros pibes trotando para ganar en capacidad aeróbica. Sorprendidos por la disciplina atlética de esos muchachos de un gimnasio cercano, siguen con su camino si la idea era 'apurar' a alguien que transitara la zona para sacarle algo por la fuerza. Algunos, lastimados por el hambre que también los confunde, hacen una parada en el comedor comunitario de un vecino siempre dispuesto para ofrecerles un plato caliente.

Ese vecino es el ex boxeador Jesús Romero quien libró hasta su retiro en 1990 un total de 138 peleas profesionales, fue campeón argentino y sudamericano categoría liviano y llegó a estar tercero en el ranking mundial. Hoy precisamente es el que abre comedor y el dueño del gimnasio.

Nacido hace 61 años en Abra Pampa, Jujuy, hijo mimado de su papá Vicente y su mamá Ester, la rebeldía de Jesús lo diferenciaba de sus hermanos. Sus escapadas a la puna aterrorizaban a la familia por los riesgos que podía correr. Vicente, que era fotógrafo de Gendarmería, pidió el pase a Las Palmas, en La Leonesa, Chaco, y al poco tiempo el nene bravo de la casa quedó al cuidado de sus abuelos en en otra ciudad chaqueñá, Villa Angela.

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Allí encontró un gimnasio que operó como pasaporte de las 'rateadas' al colegio y fue en ese ámbito donde se enamoró del boxeo. "Al principio no sé si me tiraba como deporte o era por ir a jugar, pero me fui metiendo cada vez más al punto que soñaba con llegar al Luna Park", argumentó Jesús a HISTORIAS DE VIDA.

El estadio de Corrientes y Bouchard se le convirtió en algo mágico y si algo faltaba, se dio con una visita del hacedor de Nicolino Locche, Francisco 'Paco' Bermúdez a Villa Angela para un festival de boxeo. "¿Señor, qué es el Luna Park?", le preguntó con candor infantil. "Es el lugar por el que hay que pasar para recibirse de boxeador", le respondió el maestro mendocino.

Con unos pesos reunidos de las 'peleas gallito', aberrante versión boxística de nenes que se enfrentaban con los puños envueltos en lona de catre y por las que había apuestas clandestinas, Jesús se escapó a los 10 años de la casa de los abuelos y se tomó el tren para llegar dos días después a Retiro, bien cerca del Luna Park.

"Allí me tomé un colectivo blanco y le dije al chofer 'voy basta donde termina' sin saber dónde era y fue así que llegué al barrio Rivadavia para no irme más", aclaró quien tuvo una brillante carrera como pugilista y ahora cumple un activo rol social en el barrio que limita con la 1-11-14.

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La suegra fue el rival más difícil

Jesús se casó con Ana, una compañera ideal que lo bancó en su carrera y en su tarea social. Tuvieron cuatro hijos, son abuelos de otros tantos nietos y empujan para abrir cuanto antes una biblioteca barrial. De novios, alguna vez la madre de Ana le supo entrarle a escobazos a su futuro yerno cuando excedía sus caricias para con la nena y el ágil bailoteo del púgil no alcanzaba para imponer la distancia necesaria. En cambio, sobre el ring, Jesús sacaba beneficio como ambidiestro y sin ser un noqueador, trabajaba la pelea hasta 'destruir' a su rival. Esas condiciones lo pusieron a punto de medirse con Héctor 'Macho' Camacho y Ray 'Boom Boom' Mancini aunque la chance no llegó. Pero hoy Jesús combina pasado y futuro: al lado de su gimnasio levantó un hogar dormitorio para boxeadores que como él un día se lanzan a la aventura. "Nunca me olvidaré que mi primer hogar acá fue el destacamento policial que me dio albergue y por eso le decía padrino al comisario", dijo.

La tía internada de un amigo no era otra que su madre

Jesús Romero tiene con su madre una historia digna de guión cinematográfico. Es que cuando decidió emprender viaje desde Villa Angela hasta la Capital para soñar con el boxeo de cerca, dejó una carta a sus abuelos y se despidió de esa manera de sus padres. Afincado en el barrio Rivadavia, se hizo adolescente y una tarde coincidió en un partido de fútbol en un potrero donde un pibe más grande que le quiso aplicar los kilos...pero le salió mal.

"Por una jugada medio fuerte el chico me vino a desafiar y yo le dije que no quería pelear, porque sabía hacerlo, pero no hubo caso: me tiró un golpe y yo le dí dos o tres, y quedó tumbado", recordó. "Me sentía mal por lo que había pasado y lo fui a ver a su casa, a decirle que estaba todo bien y que viniera a jugar a la pelota de nuevo pero -precisó- me dijo que no, porque tenía que ir a ver a una tía que estaba internada porque la había atropellado un colectivo en la avenida Perito Moreno".

Jesús le dijo que igual lo iba a acompañar al hospital para no dejarlo solo y se fueron los dos para el Piñero. "Cuando llegamos, la mujer no me sacaba los ojos de encima. Me puse incómodo y le pregunte si me conocía de algún lado. 'Claro que sí, mi hijo, si yo lo he parido', me dijo llorando", rememoró, también, con lágrimas en los ojos, igual que aquel día del reencuentro con Angela que había venido a Capital a visitar a su hermana sin saber que el mismo barrio vivía su hijo.

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Pegue campeón, pegue

"A las 3 de la mañana me levanto para hacer la comida para los muchachos que salen de 'gira' y vuelven hechos bolsa. Acá les rezongo por las macanas que hacen, comen y se van pero hasta ahora ya llevo 36 pibes rescatados de la droga", subrayó. En ese nuevo récord que lo enorgullece mucho gravita el gimnasio donde da clases de boxeo con 130 inscriptos. "Desde ahí organizamos aeróbicos por el barrio para evitar los robos", añadió.

"Nunca le di valor a la plata pero ahora me doy cuenta que si tuviera otras posibilidades podría hacer más cosas en el barrio" reflexiona Jesús, hoy plantado en otro ring de la vida en el que descarga su potencia para que la marginalidad sienta en carne propia la grandeza de un campeón aún vigente que le hace implorar por el tañido de la campana o el vuelo de la toalla.

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