lunes 5.12.2016 - Actualizado hace
Fútbol
10 | 10 | 2016
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La Selección fragmentada

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Entran y salen técnicos de la Selección como si fueran pasajeros en tránsito. En los últimos 12 años AFA contrató a 7 entrenadores. Este altísimo nivel de inestabilidad también se paga. Y parece que Argentina lo está pagando. El vínculo necesario entre un plantel y un entrenador no se consolida. El Patón Bauza y la fragmentación.

La Selección fragmentada
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Le duran poco y nada los técnicos a la Selección. Después de aquella sorpresiva renuncia de Marcelo Bielsa el 14 de septiembre de 2004, en los 12 años siguientes se contrataron 7 entrenadores: José Pekerman, Alfio Basile (en su segundo ciclo), Diego Maradona, Sergio Batista, Alejandro Sabella, Gerardo Martino y desde hace poco más de dos meses Edgardo Bauza.

Este popurrí de técnicos que entran y salen permanentemente del escenario de la Selección agotando períodos de un año, un año y medio o dos años, en algún momento se tenía que pagar. Y parece que se está pagando ahora.

El precio de la improvisación se cortó cuando el Flaco Menotti se ligó a la Selección en octubre de 1974 y permaneció en el cargo durante 8 años. Después otros 8 años de Bilardo, 4 de Basile, 4 de Passarella y 6 de Bielsa. En 30 años, 5 técnicos.

A partir de allí, se desmoronó todo en una sucesión interminable de técnicos que llegan y técnicos que se van atrapados rápidamente por la rutina del desgaste y la frustración institucionalizada. Como en una vieja película de tono decadente con actores de reparto.

Los jugadores, ante los distintos entrenadores en funciones, en general,  respondieron. Algunos más, otros menos, pero no hubo papelones ni defraudaciones clamorosas, aunque hoy se impongan otros intérpretes para oxigenar al plantel. Lo que se fue naturalizando es que los técnicos se reconvirtieran en algo así como objetos de consumo que se usan y se tiran sin delicadezas. Hoy uno, mañana otro y pasado el que venga.

No le fue tan mal a la Selección con semejante desorden, aunque no haya podido coronar con una Copa América ni con la conquista de un Mundial. Siguió el plantel prendido bien arriba. Alcanzaría con recordar las tres finales consecutivas a las que arribó en Brasil 2014, la Copa América 2015 en Chile y la Copa América Centenario en Estados Unidos.

El plantel, en definitiva, se fue adaptando sin grandes desalientos al entrenador de turno. Una y otra vez. Mascherano y Messi (convocados desde hace más de una década) saben perfectamente de que se trata. Y fueron transitando por ese camino sin exteriorizar reclamos. Y sin exigir nada en particular.

En esa pasarela errática cada técnico creyó llegar al lugar como un elegido. Habrá que confirmar que no lo fue. En absoluto. Llegaron por descarte. Como hace muy poco lo hizo el Patón Bauza. Y antes, los ya mencionados. Casi todos o todos por descarte. Y casi a prueba, aunque esto por supuesto no conste en ninguna acta ni en ningún contrato. Pero las evidencias son irrefutables.

En la urgencia se necesitan tomar medidas urgentes. Los técnicos no fueron insensibles a estas demandas. La urgencia fundamental es la de siempre: ganar. Si no ganan, el sistema y el ambiente lo saludan desde lejos y le dicen chau.

Terminan siendo sobrevivientes del azar los entrenadores, mientras los protagonistas los van midiendo en cada charla, en cada práctica y en cada partido. La relación no se consolida nunca. Ni en el triunfo ni en la derrota. El vínculo profesional y emotivo es precario. Tan precario que los
jugadores no le "creen" a ningún técnico. Simulan "creer". Sobreactúan.

Y esto es lo que, precisamente, viene erosionando a la Selección. Tantos técnicos pasaron y tanta agua corrió debajo del puente que no existen fidelidades auténticas. Las fidelidades futbolísticas. Las que se plasman en la cancha. Y las que se manifiestan en la trastienda. La realidad indica que no las hay.

El cuerpo orgánico de la Selección cuyo núcleo más fuerte se enfoca en el plantel no encuentra una presencia similar en un entrenador sin respaldo institucional que en cualquier momento presenta la renuncia o es desplazado sin explicaciones convincentes. Hasta que llega otro. 

Sin esa comunión intransferible entre un grupo de jugadores (muy cuestionados como Agüero, Di María, Higuaín y hasta Mascherano) y un técnico, es inevitable que falte un paisaje en común. Un paisaje y una dimensión futbolística que los integre. Quizás por eso la Selección parece fragmentada. Dividida en la cancha. Puede ser una circunstancia. O puede ser la consecuencia de tantas idas y vueltas. De tantas marchas y contramarchas. De tanto desgaste. Y de tantos técnicos que vienen y se van.

Al Patón Bauza le tocó afrontar la complejidad del momento que no se sabe hasta cuándo se extenderá. Y los efectos no deseados de la inestabilidad que padecieron otros. Por eso ahora está él. Hoy bailando con la más fulera.     

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