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Boxeo
17 | 10 | 2016
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Boxeo entre los ángeles

Gustavo Nigrelli
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Por Gustavo Nigrelli


Carlos Rodríguez "Unzué", o simplemente "Carlitos", se fue al cielo a los 74 años, por una enfermedad terminal relámpago. Era el presidente de la Comisión de Boxeo Profesional de la FAB, sapiente y querido por todos. San Pedro se lo llevó para organizar sus festivales celestiales.

Boxeo entre los ángeles
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No fue boxeador, ni promotor, pero tenía el boxeo en la sangre y le dedicó su vida. Por eso lo conocían todos en el ambiente.

Fue jurado en una época, y de los buenos. Fue también dirigente, uno más o menos: apenas llegó a ser el presidente de la Comisión Profesional de Boxeo de la FAB, cargo que desempañaba hasta días antes de su muerte.

Carlos Rodríguez, "Carlitos", era el que más sabía. Por algo era entre otras cosas quien dictaminaba las equivalencias de los combates, a veces a regañadientes, porque decía que Argentina era el único país que se fijaba en eso, harto de ver que en potencias como USA, peleaba un invicto de 40-0-0, 40 KO, contra un perdedor de 5-89-18.

Sin embargo, estaba siempre de buen humor, aunque a veces se hacía el enojado, muy en broma. Y atendía el teléfono con un grito y la voz gruesa exagerada, que seguramente sorprendía a su interlocutor: ¡quién esssss...! gruñía.

O si no, atendía directamente auto presentándose sin más preámbulos: "Carlos Rodríguez Unzué", decía, dándose corte irónicamente, agregándose un segundo apellido ficticio que muchos le creyeron, incluso la prensa, que más de una vez por TV lo han mencionado como "Unzué" lisa y llanamente –suprimiendo el Carlos Rodríguez-, al punto que más de uno se debe estar desayunando ahora del yerro.

Autor de frases como "dos trenes por la misma vía" –y en sentido contrario, aclaraba-, cuando se refería a un combate que le parecía interesante. Pero muchas otras como para "vender" una pelea de medio pelo como si fuera una buena, para evitar críticas, lo que por supuesto sólo provocaba hilaridad. Y a través de ello, transformando un posible cuestionamiento en una aceptación piadosa.

"Qué hacés, Satanás..." era una de sus muletillas al saludar a alguien, predisponiendo desde el vamos un clima alegre, familiar, amable.

"Qué hacés, Buena Vida", era otra de sus variantes.

"Yo nací para ser soldado, no General. A mí me das una orden y yo la cumplo, pero no sirvo para estar al mando. Soy un buen soldado", decía con perfil tan bajo que esa frase lo pintaba de cuerpo entero. Sin embargo su capacidad lo llevó a ser lo que fue, el dirigente de referencia del boxeo profesional argentino.

"Los boxeadores son como los chuchos" –contaba, aclarando que chuchos son los caballos de carrera, en su voz lunfarda-. "A mí me gustan los chuchos. Y los conocedores, tienen un dicho: si tu caballo es crack, tarde o temprano va a ganar, pase lo que pase. Y si no, va a ganar cuando le toque", explicaba comparando ambos deportes, refiriéndose a las posibilidades de los púgiles que a veces especulaban para agarrar o no una pelea.

Es que Carlitos durante bastante tiempo fue el programador de las veladas de la FAB para TyC Sports, en su mejor época, hasta que luego eso fue quedando en manos de los promotores y sus conveniencias, que él aprobaba o no, según equivalencias o atractivo.

Miembro del CMB, presidente de la FESUBOX (títulos sudamericanos), latinos del CMB y demás regionales del organismo, Carlitos en su época de juez fue de los primeros en nuestro país en usar el 10 x 9 obligado en todos los rounds, sin empates, mucho antes de que el reglamento argentino lo exigiera por escrito, dado la influencia recibida por la entidad mexicana, impulsora inicial de tal criterio, que luego fueron adoptando las demás.

Y también -modestia aparte-, ferviente lector de esta columna, que elogiaba bondadosamente, aunque a veces fuera él el criticado.

Como el boxeo por estos lares anda flojito, tratando de rearmar sus pedazos como puede, es obvio que Carlitos dejó acá a sus discípulos y se fue a otras dimensiones, a ver si en el cielo podía participar de una liga más competitiva para sus conocimientos.

Nos dejó a los 74 años, silencioso, en paz, y por si fuera poco, un domingo bien temprano, después de las peleas, porque nunca se permitiría que fuera un sábado.

Carlitos, el querido. El que llamaba a este escriba por su segundo nombre, que sólo los íntimos conocen.

Uno acostumbra a escribir exclusivamente para la gente como único destino, lectores que en su inmensa mayoría ni conoce, ni tiene la remota idea de cuántos y quiénes son, pese a que son nuestros sagrados objetivos. Pero esta vez habrá una excepción.

Esta vez, después de 30 años de profesión, que se permita un desliz: esta columna es exclusivamente para él, para su viaje eterno. Que se entretenga leyendo algo en el Paraíso, mientras le asignan su oficina.

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