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Invisible a los ojos

Gustavo Nigrelli
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Por Gustavo Nigrelli


El Principito Coggi se confesó por Facebook. Reconoció la pesada carga de haber querido "ser su padre", luego de perder el sábado en Francia contra el local Christopher Sebire, ante quien disputó el título de la FMB, considerado mundial pero de segundo orden. El rival era accesible y tal vez podía haber ganado, pero "no le salió nada", y soltó una reflexión profunda, que sorprendió.

Invisible a los ojos
Martín Coggi
Foto:

No hubiésemos escrito esta nota si antes El Principito Martín Coggi no hubiese tenido la valiente transparencia de subir a su Facebook un video haciendo catarsis, reflejando sus más profundas emociones.

Venía golpeado en el alma más que en el cuerpo, tras perder contra el francés Christpopher Sebire, no solamente una pelea, sino una batalla ante sí mismo.

Una pelea donde hasta pareció costarle salir de su esquina al comenzar el combate, y se sintió frustrado por saberse no inferior a su rival, que lo venció por puntos, o mejor dicho, se encontró con una victoria que él le entregó, porque no hizo nada para impedirlo.

Y entonces abrió su corazón a la manera que los jóvenes estilan ahora -por las redes sociales-, para tratar de exorcizar sus fantasmas internos:


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Claro, Martín. La condición de hijo no confiere virtudes ni obligación alguna de emular al progenitor. Al contrario. Las herencias que se reciben suelen ser tan pesadas, que a veces atentan contra la propia identidad, al punto que ni siquiera permiten ver el problema. Y aunque así fuera, la lucha por escapar a esos mandatos se transforma en un búmeran.

El Principito, a quien gran parte de la vieja prensa vio nacer, quizás nunca hubiese sido boxeador si su padre no lo hubiese sido, para colmo, uno tan emblemático.

No por falta de condiciones. Le sobran las atléticas y las técnicas.

Tiene altura, alcance, buena estructura muscular y correcta escuela, que son las condiciones externas válidas para la práctica del boxeo. Pero le faltan las más importantes, las que a simple vista no se ven, que son la mente y el alma del boxeador. Y el hambre.

Creció viendo las hazañas de su padre y a través suyo amó y ama al boxeo, pero quizás eso pase más por debajo del ring, como espectador, y no por la de adentro, como actor.

No por nada Martín se desempeña tan bien como periodista, con un micrófono en la mano, comentando peleas, interpretando sensaciones, emociones y hasta vivencias, de las que seguramente se nutrió más en su niñez que en su juventud, aunque esa fuente hoy no figure en el mapa.

Moderno, tecnológico, mediático. Sociable y urbanizado. Más para actor o periodista, que para deportista de elite, Martín es más la antítesis de su padre, que su continuidad.

Pero por alguna razón que solo él sabrá, quiso prolongar su historia, incluso reivindicarlo, por qué no, por simple competencia. Pero se adivina que no es su naturaleza, que no nació para eso. Y el primero que lo sabe es su propio padre.

Por eso Juan, el Zurdo, el Látigo, jamás quiso que su hijo boxee. Nadie más que él sabe distinguir la esencia de un boxeador.

Es más; él tampoco hubiese sido DT si su hijo no boxeaba, simplemente porque sigue siendo, pensando y sintiendo como boxeador, no como entrenador. Y sigue siendo el campeón del mundo, aún sin la corona.

Por lo tanto, ambos son lo que son por amor al otro antes que a su profesión actual, que ninguno de los dos siente en serio.

Martín, porque inconscientemente actúa como si sus peleas fuesen un reality de su propia vida, donde caprichosamente todo debe coincidir a la perfección como una película color de rosa. Y Juan, porque le hizo de DT más para cuidarlo que para enseñarle, bajo una lucha interna que aún hoy libra.

Y sin querer, ese fue uno de los principales errores: en general no es bueno que el padre esté en el rincón de un boxeador que se precie de tal, porque es imposible separar los roles. Y menos cuando aquel siente que su hijo no debería dedicarse a eso. Por lo tanto, se boicotean mutuamente.

Paradójicamente, y muy en el fondo de la conciencia, cada golpe en contra, aunque provoque dolor, suma un motivo más para justificar su postura de alejar a su hijo de su cometido infructuoso.

Extraña y compleja la psiquis humana.

Cierta vez le preguntamos a Osvaldo Rivero –ex promotor de Látigo-, quien guió empresarialmente los primeros pasos del Principito, por qué habiendo sido el promotor del padre no lo era también del hijo, pensando en una hipótesis de conflicto.

Y a riesgo de estar develando una infidencia secreta, la respuesta del promotor fue: "porque pienso que Martín no debería boxear".

Martín el sábado peleó por un título mundial de segundo orden, como el de la Federación Mundial de Boxeo, que para él fue tan importante como el AMB superligero de su padre. Lo vivió así.

Y como para refrendar las diferencias de época, el combate se vio por facebook, en internet, mientras que la de su padre fue por TV abierta.

Perdió contra un francés que a decir verdad no era más que él. Pero era boxeador. En otro contexto, sin las presiones, a puertas cerradas, y sin público, por experiencia y condiciones naturales el Principito debería vencerlo. Pero en boxeo y demás deportes de elite a veces juegan cosas que no se ven, y que forman parte de lo inexplicable.

Martín pidió unas disculpas que no debería, porque él es la víctima de una historia donde no hay culpables. Pero de tener que pedirlas, él es quien debiera recibirlas, o mejor que eso, debiera recibir un agradecimiento por su nobleza y altruismo.

Dice que no se retirará del boxeo, que sólo cumplió su objetivo y que cerró una etapa. Que quizás eso lo ayude a partir de ahora a empezar a ser él, con sus defectos y virtudes. Pero para eso debería cortar el cordón umbilical de raíz, entrenar con otro DT, subir con otro DT –que será lo más difícil- y comenzar de cero. Sin embargo hasta eso debiera aflorar naturalmente, y no como una receta de autoayuda.

Y pensar en sí mismo, porque si alguien no necesita reivindicarse de nada es justamente Látigo Coggi, aunque sea él quien aún no haya cerrado su propia etapa. Y su hijo no la cerrará por él.

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