viernes 9.12.2016 - Actualizado hace
Opinión
11 | 11 | 2016
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Selección: el desastre

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


El 3-0 de Brasil sobre Argentina en Belo Horizonte sintetizó las peores imágenes de una Selección nacional. El desastre fue la calificación más adecuada a una producción individual y colectiva lamentable, sumado a las malas lecturas del entrenador Edgardo Bauza. El panorama es muy sombrío, aunque Messi y compañía insistan en que todo depende de ellos.

Selección: el desastre
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Según como se encadenen los próximos resultados, en las 7 fechas que  restan podría clasificar Argentina para Rusia 2018. Pero la noche de Belo Horizonte del jueves 10 de noviembre no se va a olvidar. Hace muchísimos años que la Selección no protagoniza un papelón como el que padeció frente a Brasil en el Mineirao, hoy convertido en un templo frío y alejado de las clases populares.

Así como mojones históricos aparecen aquel 6-1 que nos regaló Checoslovaquia en Suecia 58 y el 5-0 de Colombia en el 93 por las Eliminatorias para USA 94. Esta vez la boleta fue menor: 3-0. Pero el bochorno fue parecido. O quizás mayor aún, según el contenido y la dimensión de cada mirada futbolera.

Lo evidente es que el escenario se asemeja al que suele identificarse como cine catástrofe. Porque fue realmente catastrófica la producción de Argentina, con Messi incluido en la misma película. Ni Messi se salvó. Su aporte fue nulo. Nada de nada. Ni en el primer tiempo ni en el segundo. Igual que el equipo. Igual que el desconcertadísimo Edgardo Bauza, al que todo indica que le queda demasiado grande la chapa de entrenador de la Selección.

¿Qué creía el Patón Bauza cuando asumió? Lo que creen casi todos: que con la presencia de Messi, las grandes complejidades del fútbol pueden simplificarse. O ser menos inaccesibles, en definitiva. Las circunstancias, en cambio, otra vez ratifican que no es así. Que Messi con la camiseta de la Selección no es tan influyente ni determinante en el rendimiento colectivo como el ambiente le endosa. Podrá construir una buena o una gran jugada. Convertir un gol. O un par de goles en ciertos partidos. Pero no define rumbos. No rompe en los cruces a todo o nada los equilibrios formales. Porque no lidera conductas. No formula sentencias futbolísticas inapelables. No se carga el equipo al hombro.
 
La paliza de Brasil por supuesto no es atribuible con exclusividad a la bajísima producción de Messi. Pero Messi está dentro de ese contexto absolutamente deprimente. Así Argentina no tiene salida, más allá del sexto puesto que ostenta en la tabla de las Eliminatorias. Y no tiene salida porque el plantel y el cuerpo técnico parecieron entregados y sometidos. Derrumbados anímicamente. Vulnerables apenas sople una brisa en contra.

Esa brisa fue el primer gol de Brasil de Philippe Coutinho con um bombazo impresionante al segundo palo después de un toque magistral de Neymar, figura inalcanzable para cualquier jugador argentino. Si Neymar jugará en continuado como jugó ante la Selección, estaríamos en presencia de una alquimia espectacular entre Pelé y Maradona. La realidad es que no deslumbra en esa proporción Neymar como deslumbró frente a Argentina. Lo hizo en Belo Horizonte porque Argentina fue un flan en todas las líneas. O un verdadero desastre, funcional al desastre que venían anunciando los últimos antecedentes.

La imagen de la Selección es la de un equipo devastado. Hoy incapaz de atravesar las dificultades. Como si los fantasmas de las finales perdidas hubieran provocado un vacío existencial proyectado al vacío que expresa el equipo en la cancha. Porque transmite esa sensación Argentina. La sensación de estar vacío. De haber dado todo lo que tenía para dar. Y como no logró lo que deseaba, ya no tiene energías ni frescura intelectual para recuperarse.

Esto es lo que se percibe. Lo que trasluce su pobrísimo comportamiento deportivo. Lo que denuncian los jugadores en la cancha. Es la debilidad expresada, aunque se la niegue, porque estas cosas siempre se niegan. Pero inevitablemente saltan a la luz. Con más o menos potencia. Pero muy visible. Y esta debilidad in crescendo es lo que termina explicando la caída estrepitosa ante Brasil, que pudo ser aún mucho más amplia y genuina en las cifras finales, trascendiendo el segundo de Neymar y el tercero de Coutinho.

El 3-0 fue piadoso, mezquino, insuficiente. Dentro de todo la sacó barata la Selección. Barata en los números. Carísima en el verde césped. Carísima para todos. Porque quedó en primer plano la necesidad de provocar una renovación, no menor, en la estructura de la Selección. Este plantel que viene cabalgando desde hace varios años, está agotado. No físicamente, aunque algunos (Zabaleta, Mascherano y Di María entre otros) muestren mermas evidentes. Pero sí mentalmente agotado.

Ese nivel de agotamiento también son las secuelas del ayer. Las viejas cicatrices del pasado que están en carne viva. Que se dejan ver, aunque nadie quiera mostrarlas. Pero están al desnudo. Y se expresan en la ausencia de una convicción. En la tibieza que va en aumento. En la falta de una certeza. En la impotencia para ir curando las heridas.

No salió indemne la Selección de sus crisis. La crisis de no ganar. La crisis de la frustración. De los sueños incumplidos. Bauza pretendió llegar entero a su desafío como técnico de Argentina. Pero el plantel no estaba entero. Y parece que esas señales no las vio. O las subestimó. E insistió con protagonistas que caminan por la cornisa haciendo equilibrio. Hasta que perdieron el equilibrio.

El martes Argentina recibe a Colombia en San Juan. El pronóstico, como no podría ser de otra manera, es sombrío. Para el plantel y para Bauza. Dicen los lugares comunes que el fútbol siempre da revancha. Habrá que esperarla. No queda otra.    
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