viernes 9.12.2016 - Actualizado hace
Fútbol
17 | 11 | 2016
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Bauza, solo en la madrugada

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Si la Selección empataba o caía derrotada ante Colombia, Edgardo Bauza tenía por delante un horizonte desalentador. El triunfo le permitió continuar. La necesidad de aprender el nuevo rol y de protagonizar lo que nunca protagonizó. Lo que hizo hasta el momento el Patón fue protegerse y proteger al grupo. Las soledades del poder.

Bauza, solo en la madrugada
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"A mí me cortaron en pedacitos", declaró Edgardo Bauza pocos minutos después del 3-0 a Colombia. El entrenador hacía referencia a las críticas durísimas de tono futbolístico que recibió y a otras descalificaciones funcionales al circo más degradado y reaccionario del ambiente, siempre oportunista e inescrupuloso para interpretar los flashes de la vida.

Al Patón Bauza, su tránsito por la Selección (la dirigió en 6 partidos y Argentina sobre 18 puntos posibles sumó 8, producto de 2 triunfos, 2 empates y 2 derrotas), es probable que lo haya sorprendido. No porque fuera un improvisado. O un paracaidista. No lo fue ni lo es.

Pero las experiencias anteriores que vivió como técnico en Rosario Central, Vélez, Colón, Sporting Cristal, Liga de Quito, Al Nassr, San Lorenzo y San Pablo no alcanzan cuando se trata de dirigir a la Selección. Por la inversa ya lo dijo el Flaco Menotti hace varios años: "Yo recién me sentí entrenador cuando en el 83 estaba conduciendo al Barcelona". Vale recordar que Menotti había salido campeón con Huracán en 1973, campeón del mundo con la Selección en 1978, campeón del mundo juvenil en Tokio en 1979 y había dirigido su segundo Mundial con Argentina en España 82.

¿Bauza está pagando derecho de piso como técnico de la Selección? Es muy probable. Está aprendiendo este nuevo rol. Y en el aprendizaje experimenta a partir de la prueba y error. Nadie está preparado de la noche a la mañana para ser técnico de la Selección. Aunque acredite en el pasado casi todas las postales del fútbol. Pero son postales insuficientes, acotadas al universo de un club.

El gran escenario de la Selección expresa como en otras áreas, la soledad del poder. Y la soledad voluntaria o involuntaria acerca más dudas que seguridades. Más temores que valentías. Más debilidades que fortalezas. Más urgencias que placeres. Más apuros que pausas. Hasta que un día nunca determinado se conquista la verdadera medida de las cosas.

Bauza está protagonizando una película que nunca protagonizó. Y hasta quizás ni soñó algún día con protagonizar. Esto no lo pone a resguardo de ninguna crítica. No lo salva de ningún incendio que mañana pueda ocurrir. En este tembladeral en el que se ha convertido la Selección, el entrenador no parece ser otra cosa que un piloto de tormentas. O un hombre elegido entre tantos otros hombres para atrapar algo que en un momento se perdió.

¿Qué hizo Bauza en la contingencia? Lo que haría cualquiera. Se apoyó en lo que había. Y fue a buscar al que se había ido después de la final ante Chile en New Jersey: Messi. Sin Messi, la Selección quedaba al desnudo. Messi la viste un poco. La maquilla. Le da lo que solo los grandes jugadores pueden darle a un equipo: un perfil amenazante. Que a veces se frustra como en el 0-3 ante Brasil y a veces se enciende como en el 3-0 frente a Colombia.

No podía Bauza ni aunque quisiera llegar y convertirse en el señor tijeras. No tenía margen ni espaldas. Y menos aún con Messi afuera esperando una invitación para volver. Y con Messi adentro tampoco. Se protegió y protegió lo que tenía a mano. Era ese plantel. Ese grupo de jugadores. Esa historia futbolística más o menos rica según la mirada y la lectura particular de cada uno.

¿Si quedó rehén de esa situación? Es todavía prematuro definirlo. Tan prematuro como hubiera sido desvincularlo de la Selección si Argentina empataba o perdía ante Colombia. Pero ese era el horizonte para Bauza. Era la victoria o Devoto. No había en carpeta otras chances, aunque el inefable Armando Pérez lo respaldara con esos respaldos que no respaldan a nadie.  
 
El grito desatado de Bauza en el tercer gol que convirtió Di María después de la pelota mansa y tranquila que le regaló Messi a pasos del arco, expresó algo más sustancial que la certeza del partido liquidado. Fue el grito que abrazó como un triunfo propio en medio de la tormenta.

Seguramente ni se imaginó Bauza todo lo que está viviendo en la Selección. Ni las pesadillas que lo habrán invadido en las últimas semanas. Y aunque no siempre esté solo, en los momentos críticos va a estar solo. Para cambiar lo que tiene que cambiar y para renovar lo que tendría que renovar. O para dejar las cosas como están. Ahí, solo en la madrugada. Esperando que lo acompañe un tiempo menos hostil en un paisaje (global) donde abundan las hostilidades.

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