viernes 2.12.2016 - Actualizado hace
Fútbol
21 | 11 | 2016
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Bochini, el jugador

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


El dato duro de la historia refleja que Ricardo Enrique Bochini convirtió su primer gol en Primera el 19 de noviembre de 1972, hace ya 44 años. Lo que no capturan las estadísticas es la dimensión del juego que atrapó el Bocha. El juego por encima de todo, conjugando la belleza y la eficacia durante casi dos décadas.

Bochini, el jugador
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La historia confirma que Ricardo Enrique Bochini convirtió su primer gol en Primera ante Racing el 19 de noviembre de 1972 (la víctima fue el Pato Fillol), cuando Independiente cayó 2-1 ante la Academia en La Bombonera. El dato es real pero a la vez es simbólico: ese día empezó algo. Bochini ya había debutado en Primera el 25 de junio del mismo año frente a River en el Monumental.

¿Qué comenzó aquel domingo de hace 44 años? La certeza de que el Bocha no era un goleador, aunque ese día haya convertido un gol. "Yo disfruto más de un pase gol que de un gol mío", comentó en no pocas oportunidades. Igual que ese estratega formidable que fue Juan Román Riquelme. Igual que lo que por estos días viene afirmando el pibe Ezequiel Barco, un auténtico talento silvestre. 

¿Hizo escuela el Bocha con aquellas viejas declaraciones? La realidad es que Bochini nunca se propuso nada en particular. Salvo en jugar como él quería jugar. Sin obediencias a todo lo que no fuera su pensamiento futbolístico. Nunca se casó con nadie. Ni con el Pato Pastoriza, a quien supo criticar, a pesar de la buena relación que mantenían. Ni con el Flaco Menotti, a quien le dedicó tantos elogios como debilidades. Ni con su amigo Daniel Bertoni cuando ejerció en el Apertura de 2004 como técnico de Independiente, castigándolo duro y parejo.

Esa convicción para separar los tantos siempre la asumió con absoluta naturalidad. Fue crítico de todos los entrenadores que pasaron por el Rojo. No se salvó nadie de una mirada alejada por completo de los tonos complacientes. Cuando Independiente estaba en las vísperas de consagrarse campeón en la temporada 88-89 le preguntamos al Bocha que opinión tenía sobre Jorge Solari, técnico por aquel entonces del equipo. Su respuesta encierra muchas respuestas: "Dicen algunos que Solari me cambió algunas cosas, que ahora me preocupo más en cuestiones tácticas. Es todo mentira. Las tácticas y los pizarrones son grandes versos. No creo en la táctica ni en el pizarrón. Creo en el ritmo y en la movilidad. Solari a mí no me pide nada. ¿Qué me va a pedir? ¿Qué me tire a los pies de los tipos que me marcan? Si lo mío fue siempre inventar. Lo que yo tengo que hacer en la cancha es inventar. Por ahí pasa mí fútbol: inventar jugadas".

Esa capacidad para "inventar" que siempre reivindicó fue la matriz de su fútbol de autor. Los goles los regalaba. Se los regalaba a sus compañeros. El construía. Elaboraba. Creaba. Y servía pelotas de gol para que cualquiera que picara vacío se encontrara cara a cara con el arquero.

"El que no estaba atento con el Bocha podía pasarla mal", sostenía el Beto Outes, compañero suyo en aquel Independiente de la segunda mitad de los 70. ¿A qué se refería Outes? Al pase profundo y sorpresivo de Bochini que dejaba estaqueados en el piso a todos los jugadores, menos al receptor de la pelota. "Había que seguirlo con la mirada siempre al Bocha, porque en cualquier circunstancia de un partido te metía una pelota que te dejaba solo y si no la resolvías también quedabas muy expuesto", explicaba Outes.

Exigía Bochini, sin plantearlo en palabras, una altísima concentración con el juego. Y con los movimientos del equipo propio y el ajeno. Sin la percepción fina e integral de esos movimientos, no se puede jugar como lo hacía el Bocha. Conectando con esas lecturas, el Loco Gatti solía decir: "En el fútbol argentino son muchos los boludos que miran los aviones". La observación de Gatti (un intuitivo extraordinario) se enfocaba en los jugadores que no viven a full el partido. Que están y no están. Que aparecen y se borran. Que "miran los aviones", como ironizó el Loco.

Bochini siempre miró todo. Y vio todo. Y no concedió nada. Ni palabras ni gestos que denunciaran algo próximo a la obsecuencia o a la falta de compromiso. Lo suyo fue cero sobreactuación. Cero demagogia. Cero venta de humo. "Usted fue mi maestro", le confesó hace un par de semanas Maradona en un mensaje viralizado. El maestro de los maestros que fue Diego le rendía en pocas palabras un homenaje entrañable al tipo que supo admirar como adolescente en la Doble Visera.

Los 97 o 108 goles que conquistó Bochini (el señala que fueron 108) como sentencian distintas estadísticas, los 714 partidos que jugó y los 13 títulos que ganó con la camiseta Roja, son apenas números sin relevancia. Despojados de épica si no se los pone en contexto. Porque fueron incalculables los goles que hizo Bochini. Aunque se los atribuyan otros. Aunque los hayan gritado otros. Pero fueron de él en ese rubro del autor ideológico. Lo revela el trazo del artista. Lo delata la arquitectura de la maniobra. Los hinchas siempre lo supieron. Desde la primera vez que lo vieron. Entendieron ese mensaje que capturó la simpleza inteligente. Porque parecía simple lo que hacía. Tan simple y perfecto que expresaba la gran inteligencia. La inteligencia de un elegido, que como bien nos confirmó Jorge Burruchaga, "fue superior a Iniesta".  

El 19 de noviembre de 1972 Bochini convirtió su primer gol en Primera. Es el dato duro de la historia. El recorrido, su fabuloso recorrido, lo incorporó la memoria. De los que lo vieron. Y de aquellos que lo imaginan. Y que aún imaginándolo quizás se queden cortos.
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