lunes 5.12.2016 - Actualizado hace
Fútbol
28 | 11 | 2016
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Un equipo pleno y un equipo destruido

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


No existieron equivalencias entre Racing e Independiente. El 3-0 final no refleja lo que ocurrió en la cancha. La paliza colectiva de Racing fue de altísimo impacto. Directamente aplastó a su adversario desde el arranque hasta el final. El Rojo mostró la imagen de un equipo en zona de demolición. El ayer del Ruso Zielinski, el hoy de Gabriel Milito.

 Un equipo pleno y un equipo destruido
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Habrá que retroceder demasiado en el tiempo para que en un clásico queden expuestas diferencias tan notables. Diferencias totales que solo el 3-0 final no reflejó. Apelando a la memoria aquel 2-0 de Boca sobre Independiente en La Bombonera en las semifinales (también integraba el grupo Peñarol) de la Copa Libertadores de 1979 puede aproximarse a lo que se vio en el estadio de Racing.

Hace 37 años, ese Boca copero de Juan Carlos Lorenzo le pegó a Independiente una paliza infernal y por larguísimos pasajes no le dejó ni cruzar el medio campo a favor de un pressing monumental que se prolongó durante 90 minutos. Aquella noche el Rojo la sacó muy barata en el plano del resultado. El domingo 27 de noviembre de 2016 ante Racing, el Rojo volvió a sacarla muy barata en la chapa final. Las cifras pudieron ser catastróficas en ambos casos.

Racing, aguijoneado por las críticas de Lisandro López después del 1-1 frente a Huracán (dijo que luego del 1-0 parcial se metieron todos atrás) y puesta en foco la estrategia conservadora de Ricardo Zielinski, salió a jugarle a Independiente algo parecido a una final del mundo. Y lo aplastó desde el arranque hasta el cierre. Lo aplastó con una fiereza y determinación notable. Lo ahogó en todos los sectores de la cancha. Le quitó la pelota (Independiente recién  pudo superar la mitad de cancha a los 13 minutos de iniciado el partido), los espacios y lo empujó contra el arco del uruguayo Campaña con una decisión que hace años no evidenciaba.

Es más: si Racing continuara jugando así (cosa muy poco probable porque estos episodios extraordinarios suelen ser irrepetibles), estaríamos hablando de un equipazo. Y cualquiera que frecuente el fútbol sabe muy bien que Racing muy lejos está de ser un equipazo. O algo mínimamente cercano. Hasta el cruce contra Independiente la calificación más sensible a sus producciones era la de un equipo mediocre, sin vuelo ni recursos colectivos importantes.

¿Qué pasó entonces? Se reveló en el partido la plenitud física, anímica y futbolística de Racing. Todo encuadrado en un número: 10 puntos. Porque así funcionó el equipo. Hasta pulverizar una hipotética reacción del adversario que nunca llegó. Ni podría llegar en función de lo que fue arrojando la dinámica de un partido que no tuvo equivalencias de ningún tipo y de ningún orden. Parecieron equipos de distinto nivel y de distinta categoría. Por eso para Racing la jornada fue histórica. No porque el encuentro haya decidido un campeonato o una Copa más chica o más grande.  Pero, sin dudas, quedará en la memoria de los hinchas de la Academia.

Lo de Independiente, en cambio, fue directamente bochornoso. No atinó a nada. No hizo nada que merezca destacarse. Se entregó a todas las adversidades con una mansedumbre asombrosa. Hasta precipitar una sensación inocultable: esta clase de partidos con estos rendimientos casi inexplicables son los que terminan provocando la desvinculación voluntaria o involuntaria de los entrenadores. Porque es difícil bancar estas respuestas.

El planteo de Gabriel Milito fue totalmente insustancial. Por no decir de manera directa que el planteo fue una caricatura. Porque el equipo ya desde el primer minuto (cuando nos referimos al primer minuto no es una figura simbólica) denunció terribles dudas para pararse en la cancha. Y frente a tantas dudas hizo lo peor: se metió atrás. Y además Racing lo metió atrás con una polenta que nunca frecuentó.

¿A qué quiso jugar Independiente? A lo que, en general, viene jugando con Milito desde que asumió hace poco más de 5 meses: al fulbito. Solo que en esta oportunidad ni fulbito pudo construir. Su equipo delató una tibieza exasperante. Y una ausencia de fibra, temple y juego para afrontar un desarrollo que convocó a la sorpresa. Porque no son cotidianas estas defraudaciones tan clamorosas.

La realidad, es que más allá del voluntarismo, de las palabras que se expresan en las conferencias de prensa, de las justificaciones que suelen esgrimirse para tapar lo que no se puede tapar por más buena onda que cada uno le ponga, el proyecto de Milito fue un fiasco. Porque su "idea" naufragó desde que se puso en marcha. Que haya estado cerca de Pep Guardiola, que haya escuchado con suma atención sus charlas técnicas, que se haya identificado con las formas para interpretar el fútbol, no pueden invalidar lo que muestra Independiente. O lo que no muestra. Ante Racing, las evidencias en contra fueron apabullantes. La síntesis del partido arrojó, sin dejar margen a otras lecturas más piadosas, que el equipo está destruido.

Este Racing, inesperadamente ambicioso y agresivo que pareció desmentir que estuviese dirigido por el Ruso Zielinski, lo puso de cara a las peores circunstancias. Hasta antes del partido, temblaba Zielinski como una hoja en la tormenta. Ahora tiembla Milito. Este Independiente que conduce, dio pena. La derrota por 3-0 tendría que considerarla un regalo.  
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