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Boxeo
06 | 12 | 2016
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Cumbres borrascosas

Gustavo Nigrelli
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Por Gustavo Nigrelli


La vuelta de Reveco ilusiona por un lado, ¿pero alcanza? Recientes resultados de los últimos verdugos del boxeo argentino invitan a una reflexión, que bien podría hacerse hacia adentro. ¿Hasta dónde el aburguesamiento y la desmotivación pasaron factura?

Cumbres borrascosas
Eduard Troyanovsky ante Julius Indongo
Foto:

En el finde en que reapareció el Cotón Reveco -tras casi un año de inactividad-, venciendo por puntos al dominicano argentinizado Diego Pichardo, no pudo pasar inadvertido que el ruso Eduard Troyanovsky -doble verdugo de César Cuenca-, no sólo perdió el título superligero FIB que le arrebató, sino que además fue noqueado en el 1º round en su propia Moscú, frente a un ignoto namibio llamado Julius Indongo.

Está bien que este espigado negro mide casi 1,80 m -increíble para esa categoría-, y que marchaba invicto en 20-0-0, 10 KO (ahora hay que sumarle una más), pero tiene 33 años y estaba 15º en el ránking FIB, es decir, el último lugar disponible para un retador mundialista. Es más; entró en el último mes, prácticamente para justificar su pelea ante Troya.

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Extrañísimo. Máxime cuando el ruso ya había defendido una vez su corona, en setiembre ante el japonés Keita Obara, a quien venció por KOT 2.

Obara no era cualquiera. Con 30 años, era el Nº 3 del ránking, pero potencial Nº 1, ya que los dos primeros puestos estaban vacantes. Y ostentaba un record de 16-1-1, 15 KO, aunque su única derrota había sido en la primera pelea de su campaña. Ese tipo, al temible e invicto Troya que pulverizó a Cuenca dos veces, le duró menos de 2 rounds.

Indongo jamás había salido de su Namibia natal. No tenía grandes nombres en su haber. De hecho, todos sus rivales eran africanos, con el nivel medio pelo que sabemos existe en el boxeo de ese continente.

Pero habría que detenerse a comparar el cuerpo del Troyanovsky que venció a Cuenca (especialmente en la revancha) y el que subió ante Indongo.

Sutil, pero hay diferencia en su definición y tonicidad muscular, en el dibujo y grosor de su espalda, y en el ceñido de su cintura y zona abdominal, algo que en un hombre de 36 años como él se nota con mayor facilidad.

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Carlos Rodríguez "Unzué", o simplemente "Carlitos", se fue al cielo a los 74 años, por una enfermedad terminal relámpago. Era el presidente de la Comisión de Boxeo Profesional de la FAB, sapiente y querido por todos. San Pedro se lo llevó para organizar sus festivales celestiales.


El cuerpo de un atleta -en especial el de un boxeador- es un pendrive lleno de mensajes, si uno lo escanea con atención. Y estos bajan prontamente en los primeros movimientos. En su caso se leyeron en su caminar torpe, en su postura y seguridad, en los pocos gestos que hizo, ya que de inmediato recibió un cross zurdo y se fue al piso como las torres gemelas, sin reacción ni reflejos.

Algo le pasó. No era el Troyanovsky que vimos ante Cuenca, que parecía Goliat. El sábado ante Indongo tenía la imagen de un viejito petiso y retacón.

Se supone que un campeón mundial, una vez que alcanza ese estatus, debiera ir en ascenso y lucir mejor cada vez, ir ganando en confianza, en porte, en presencia. Su propia jerarquía se lo exige, además de tener mejores condiciones económicas, más sponsors, más gente que lo rodee y colabore, y más posibilidades de acceder a beneficios de las que tenía antes.

El problema es que también aparecen peligros, tentaciones, y accesos a cosas que hasta entonces no existían, incompatibles con la vida de un púgil de elite, más si se trata de un deporte individual como el boxeo.

Vaya uno a saber. No estamos en Rusia como para conocer intimidades, pero las hemos vivido aquí con los nuestros más de una vez y con muchos otros campeones históricos y renombrados.

Los campeones a veces se aburguesan; unos antes, otros después. Se endiosan, se creen omnipotentes, pierden contacto con la realidad, y elevan los pies del piso.

Sin hacer acusaciones, ni esgrimir excusas o justificar derrotas, casualmente algo similar pasó con Cuenca. Después de toda una carrera invicta e inmaculada, vino a perder tras 50 peleas justo después de consagrarse campeón mundial, que era su única meta.

Porque en el fondo, Cuenca nunca pensó más allá de ese título, cuya chance lo obsesionaba. Y lo que para unos es el puntapié inicial, o la plataforma de lanzamiento, para otros es la llegada y el fin, y esto no siempre tiene que ver con el logro deportivo.

Para algunos tiene que ver con lo económico, y pierden después de haber percibido una buena bolsa. Para otros con algún record, o con la pelea ante algún determinado rival.

Es acá donde se junta el análisis inicial de la vuelta de Reveco, quien perdió el título justo en la pelea donde recibía una buena bolsa para pelear de visitante -contra Kasuto Ioka- como él quería. Reveco pedía a gritos una mejor paga yendo a pelear fuera del país.

Tal vez Ioka sea un fenómeno –no da tal sensación- y esa sea la madre del borrego, pero estamos hablando de púgiles que pierden sin ser inferiores al rival, o que no sea el paso del tiempo el que le quite su vigencia natural.

El Cotón parece tener hilo en su carretel aún, si esquiva a Ioka y va por la FIB ante el filipino John Riel Casimero –ex vencedor de Luis Lazarte-, donde parece apuntar.

Lo que no se sabe es si aún le da el alma, si aún tiene ese "hambre" y fuego sagrado que conduce a la victoria al hombre dotado, con idea de continuidad, no de revancha. No por nada una máxima enseña con sabiduría que la verdadera virtud no está en el llegar, sino en mantenerse en la cima, donde más fuerte sopla el viento.

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