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Fútbol
07 | 12 | 2016
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Milito: el dogma que asfixia

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Independiente le ganó a River pero el equipo no arranca. Su conductor, Gabriel Milito, pidió en los días previos al partido jugar con mayor soltura. Precisamente la soltura que él en función de los sistemas y de las obligaciones que impuso le fue cercenando a los jugadores. La ausencia de libertad y los cambios permanentes activaron la crisis.

Milito: el dogma que asfixia
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Mediodía del jueves 1º de diciembre. En el marco de una conferencia de prensa en el predio de Villa Domínico, Gabriel Milito, afirmó: "Debemos soltarnos más, relajarnos y eso nos hará competir como queremos".


Las palabras del joven entrenador de Independiente revelan algo interesante para analizar: le pide al plantel lo que él precisamente provocó con su prédica tan afín al tacticismo y a los sistemas. ¿Qué es? Despojarse de rigidices y jugar con mayor frescura y naturalidad. Jugar sin ataduras, en definitiva.

Milito puso en evidencia lo que viene asfixiando al equipo y condicionando sus respuestas futbolísticas. No parece casual que a partir de su arribo como técnico de Independiente, no son pocos los jugadores que comenzaron a perder nivel en los rendimientos, como Cuesta, Tagliafico, Ortíz, Rigoni, Benítez y Vera, por citar algunos casos muy evidentes. En lugar de crecer, decrecieron. En lugar de mejorar, empeoraron. Esta es la tendencia que se fue profundizando con los partidos.

      Gabriel Milito


 
Esta necesidad que siente Milito de capturar plenitudes a favor de la aplicación estricta de los sistemas, nos hace recordar lo que planteó el entrenador rumano Stefan Kovacs (dirigió desde el 71 al 73 al Ajax de Johan Cruyff, que disputó la Copa Intercontinental con Independiente en 1972), quien de visita en la Argentina en diciembre de 1984 en una entrevista publicada en La Razón, nos comentó: "Demasiadas consignas tácticas limitan a los jugadores".
 
Kovacs, reconocido laboratorista e impulsor del fútbol total en sintonía directa con Rinus Michels (técnico también del Ajax, el Barcelona y de la extraordinaria Holanda 74), le ponía un freno a esos valores. Sostenía hace 32 años lo que hoy aqueja a Independiente: un exceso de consignas tácticas perturban la naturaleza del juego. Y de los jugadores. No enriquecen. No liberan. No generan mejores condiciones para desarrollarse. Por el contrario: someten, asfixian. Milito de alguna manera lo advirtió. Por eso reclamó después de la paliza infernal que le propinó Racing más soltura y una actitud más relajada.
 
En realidad, reclamó salir de esa jaulita. De la jaulita en que están en primerísimo plano todas la obligaciones tácticas. Y todos los deberes. Lo que Milito no tendría que  olvidarse es que el fútbol nunca fue una cuestión de hacer los deberes. De cumplir a rajatabla con las indicaciones. De seguir ordenes como autómatas. De mirar al banco para buscar la aprobación del técnico. Esos niveles de obediencia que el equipo viene ejecutando no son generadores de búsquedas creativas. Obturan la creación. La niegan, aunque Milito no pretenda eso. Pero sin pretenderlo, promueve eso.
 
Los sistemas, más audaces o más conservadores, nunca han ganado partidos. Milito, sin embargo, cree que sí. No porque lo haya dicho. Porque estas cosas nadie las dice y menos aún públicamente. Pero es lo que transmite. Es la fuerza de ese mensaje. Es el sistema por encima de los jugadores. Como si no importaran tanto las características de los jugadores. En esta dictadura del sistema (su ABC es el 4-3-3 que en los últimos partidos lo desintegró por otros sistemas que tampoco funcionaron), los jugadores son piezas descartables. Entran y salen, sin solución de continuidad. Así, una y otra vez. Entran y salen. Como Toledo, Rigoni, Benítez, Barco, Vera, Denis y Ortíz, entre otros.

      Gabriel Milito


 
El desconcierto conceptual que ataca al equipo es flagrante. Es el desconcierto de no saber qué hacer. De entender mal. O de no entender. Los jugadores, en esta dinámica sin un rumbo determinado, van dejando por el camino cualquier registro de confianza. La van resignando. La van perdiendo. Y un jugador sin confianza no se atreve, no se suelta, no intenta, no trasciende. Lo termina abrumando la inseguridad. Esa misma inseguridad que también proyecta Milito con sus permanentes cambios de sistemas y de nombres propios. Eso no es fortaleza. Es insolvencia para radiografiar el paisaje.
 
El fútbol para ser bien jugado, demanda como en cualquier otra actividad creativa, organización y libertad. Esa es la alquimia perfecta: organización más libertad. Milito, hasta ahora, se quedó solo con la organización que tampoco es tal porque el equipo suele no expresarla. La libertad la pudo haber valorizado en palabras más o menos formales, pero no en hechos. Y esto es lo que los protagonistas advirtieron: cuidar el sistema para complacer al técnico. Y descuidaron el juego. Y la libertad para interpretar las coordenadas siempre inestables del juego, que por otra parte nunca dejan de ser irrepetibles.
 
Milito tiene las características de un entrenador dogmático. Cuando habla de "idea", en realidad está hablando de un dogma inalterable que el fútbol de todos los tiempos siempre desmintió. Es cierto, en Barcelona hay una "idea". Pero no hay un dogma que excluye cualquier otra posibilidad. La "idea" la corporizan los jugadores. Hasta Pep Guardiola se adaptó y se adapta a los jugadores. Milito a sus 36 años, está aprendiendo como todos tenemos que aprender todos los días. Y comprobar que en muchísimas oportunidades un dogma no es un buen consejero. Porque no permite amplitudes. Porque se cierra sobre sí mismo. Porque no incorpora otros conocimientos en nombre de verdades reveladas.  
 
Quizás aquella observación de Milito del jueves1º de diciembre cuando manifestó que el equipo debía "soltarse y relajarse", refleje la apertura hacia un nuevo escenario. Un escenario que reivindique la frescura y la libertad imprescindible para jugar al fútbol. Los jugadores se lo van a agradecer. Independiente también.

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