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29 | 12 | 2016
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Cómo vivir un año con 8 hijos en un colectivo y salir adelante

Laura Andreacchio
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Por Laura Andreacchio


Víctima de violencia de género durante 14 años, denunció a su ex por abuso sexual de sus hijas pero, cuando cayó preso, le quemaron la casa por venganza. Quedó en la calle sin documentos ni pertenencias. Vivió un año en un colectivo. Pero con empuje, solidaridad y voluntad, recibe al 2017 de manera distinta

Cómo vivir un año con 8 hijos en un colectivo y salir adelante
Fotografías: Esteban Fernández
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Detrás de la cuerda abarrotada con ropa tendida de menor a mayor, el sol deja entrever una vivienda. Pero la casa no tiene forma de casa. La casa es un gigante oxidado con cuadro ruedas, veinte asientos y ventanillas. Esta es la casa de María Rosa y sus 8 hijos, el último bondi a Finisterre.

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Del colectivo baja corriendo Ramona. Con sus frescos 11 años y la sonrisa iluminada por las visitas, invita a pasar a su casa montada en uno de los tantos terrenos que se extienden a la vera de una ruta en General Rodríguez. Para entrar hay que subir un escalón, que en verdad es un tacho de pintura vacío y dado vuelta pero que a los fines prácticos sirve tanto como los peldaños del transporte público.

Adentro, María Rosa intenta dormir a sus gemelos de dos años, dos simpáticos de ojos azabaches y rulos descontrolados. El colectivo-casa es amable. Una cocina, una mesa, un banquito, algunos muebles con ropa y estantes con alimentos. Hay dos ventanas sin vidrio tapadas con cartones.

En el fondo se destaca un colchón grande cubierto de frazadas "porque está roto y como son de resortes pasan los alambres", dice esta madraza de 37 años y agrega: "Ponemos una colcha abajo, la sábana arriba. Tratamos de dormir despatarrados como podemos y cuando hace frío nos amontonamos".

Los gemelos Brian y Paris, de 2 años; Dylan, de 3; Iván, de 6, Candela de 8; Ramona, de 11; Brisa, de 13; y Jazmín, de 14 junto a su mamá viven en el colectivo hace casi un año. Sencillo, humilde, con la infraestructura básica pero juntos. "Esto por ahora es lo que tenemos. Vivimos en un colectivo pero siempre con la frente en alta".

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Un pasado de violencia machista, abusos y venganza llevó a María Rosa a los pagos de General Rodríguez. "Yo vivía en Varela. Mi última pareja violó a dos de mis hijas. Hice la denuncia, fue preso y yo empecé a hacer mi vida con mis hijos, sola".

Hasta que un día como tantos otros fue a visitar a su hermana que vivía en el oeste. Lo que no sabía María Rosa era que nunca más iba a poder volver.

Un incendio intencional destruyó su casa en el sur del conurbano. De buenas a primeras, María Rosa se encontró sin casa, con sus hijos y con lo puesto, con bronca pero con la certeza de que a Varela no podía regresar. Su vida debía rehacerse lejos de la pesadilla, lejos del lugar donde padeció años de vejaciones.

Vivió unos meses en la casa de una familia amiga de su hermana. Pero por esas cosas del destino el rompecabezas de la vida suele acomodar las piezas. Cuando a María Rosa la situación se le hacía insostenible, uno de los hijos de don Ángel, este vecino que le dio techo durante meses, dejaba el bus para irse a vivir a una casilla de material. Oportunidad en puerta, María Rosa no lo pensó dos veces. Agarró sus cosas, llamó a sus hijos, cargó a los bebés y cruzó la calle de tierra para instalarse en un rodado en desuso, su nuevo hogar.

Atravesar el invierno fue todo un desafío. "Al principio cuando llovía y se inundaba todo, lloraba, me desesperaba. Se mojaba lo poco que teníamos. Después aprendí cómo tapar los agujeros y hoy ya nos arreglamos. Qué más podíamos hacer... nada más". María Rosa sabe que bajar los brazos no es nunca una opción.

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Ramona sigue ayudando y le acerca el mate ya cargado con yerba a su mamá. María Rosa se sienta y empieza a cebar. A carcajadas Iván entra al colectivo y se abalanza sobre su madre. "Le encanta el mate. Lo prepara solito. A veces es lo que lo que lo llena durante el día".

La Asignación Universal por Hijo apenas le alcanza para alimentar a la decena de boquitas hambrientas cuando baja el sol. "Intento que no les falte nada", dice María Rosa con soltura y agrega inmediatamente: "Nada de lo esencial, al alimento me refiero".

En el colectivo se cocina una vez al día, por la noche. Arroz o fideos son los platos que más se despachan. Si sobra, se almuerza al día siguiente. Y si no, habrá que aguantar con el desayuno y alguna galletita en la merienda. Los vecinos ayudan, el almacén a veces fía.

Ninguno de los chicos va a la escuela. "No me los aceptan porque no tienen domicilio ni documentos. Perdí todo cuando me quemaron la casa en Varela". Un grupo de asistentes sociales del municipio trabaja para poderlos reinsertar en el ámbito escolar el año entrante.

Llega fin de año y los chicos se ilusionan porque es momento de recibir unas zapatillas nuevas, de tener una remera para estrenar. Saben que eso no sucede seguido pero nada les frena las ganas de corretear por las calles de tierra con sus vecinos, de jugar a las escondidas en las lomadas del otro lado del arroyo.

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Pensar en sueños ilusiona y conmueve. La sola palabra no puede ser dicha por María Rosa sin que sus ojos se llenen de lágrimas. "Deseo algo bueno para mis hijos. Una buena vida. A lo largo de estos años aprendí que hay que seguir ante todo. Sé que no soy la única en esta situación. Mi caso llama la atención. Pero si caminan un poco más se van a dar cuenta de que Marías hay muchas. Vivirán en casillas, en casas de material. Pero hay muchas. Muchas sobrevivimos a años de abusos y violencia. Muchas peleamos día a día por nuestros hijos".

Con un dejo de naturalización pero sin resignación, dice: "Nosotros no la luchamos desde ahora, la luchamos hace tiempo ya. Por eso, aunque me cueste 20 años bajar de este colectivo, sé que voy a bajar. Voy a poder darles algo bueno a mis hijos. Siempre hay que luchar. No hay que bajar los brazos. Es lo que siempre les enseño".

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Pasó un mes de esta charla y María Rosa logró bajarse del colectivo. Consiguió un techo, una casilla precaria pero ya no construida sobre ruedas.

Así fue cómo María Rosa llegó con el último bus a Finisterre. 

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