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Fútbol
09 | 01 | 2017
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La tendencia de culpar a los hinchas

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Se fue instalando en el fútbol argentino la transferencia de responsabilidades. Los jugadores, los técnicos, también los dirigentes y en algunos casos cierta prensa cautiva, le exigen a los hinchas que no critiquen, que no desaprueben y que si les disgusta el rendimiento de un equipo no se manifiesten y cultiven el aliento interminable.

La tendencia de culpar a los hinchas
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Se desdibujaron de manera notable las exigencias en el fútbol argentino. O se reformularon drásticamente. Antes, no hace tanto tiempo, las exigencias estaban dirigidas a los jugadores, a los técnicos y a los dirigentes. Ellos tenían que dar respuestas. Buenas respuestas. Ahora, las exigencias cambiaron: son para los hinchas. Ellos tienen que dar respuestas. Buenas respuestas.

 
Es raro y provocador el cambio. ¿Qué se les pide a los hinchas que habitan tribunas, plateas y palcos? Sobre todo que tengan paciencia, tolerancia, que sepan esperar sin inquietarse en ningún momento, que no manifiestan contrariedad ante los malos rendimientos, que no silben, que no levanten murmullos de desaprobación, que si no les gusta la producción del equipo alienten igual, que apoyen siempre, que aplaudan y que si lo que les devuelven los protagonistas en la cancha es mediocre o pésimo no lo condenen porque los jugadores y el entrenador pueden verse afectados anímicamente al sentir presiones externas que los desequilibran.
 
Es particular el cambio. O esta nueva configuración para ver un partido de fútbol. Ahora los que exigen son los intérpretes. No los espectadores. Este pedido que el ambiente del fútbol argentino (la prensa también coloca sus fichas) ya naturalizó es insólito. Como si los hinchas fueran convocados a las canchas solo para mostrar repetidos gestos de aprobación y apoyo irrestricto. Si no lo hacen (porque el equipo juega mal), si se rebelan a estas normas no escritas, entonces estarían perturbando el clima de tranquilidad y paz que se necesitaría para progresar.

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El hecho es inédito. ¿Quién podía imaginar hace algunos años que los jugadores y los técnicos plantearan públicamente que a la hora de un partido las voces adversas o cuestionadoras debían llamarse a silencio para no incomodar y desatar nervios, temores y angustias en los protagonistas? Por ejemplo, en Independiente, esta teoría transformada en  tendencia se encuentra muy presente.
 
Quizás por eso mismo apenas arriba un nuevo cuerpo técnico, como en esta caso el que lidera Ariel Holan (observado con desconfianza por los jugadores por la exigencia inicial que ya está planteando), también se pone énfasis en la conducta que tendrían que expresar los hinchas apoyando sin pausas al plantel. De alguna manera se vampiriza o se responsabiliza a la gente. Como si fueran culpables directos de las deficientes campañas del equipo.
 
Lo que se ve con claridad meridiana en Independiente, también se observa en muchísimos clubes. Es una forma subliminal de transferir compromisos futbolísticos que no son ajenos. De proyectar en el otro la propia frustración o incapacidad. De hacerlo parte. De meterlo en el medio del baile. Y de incluirlo como un actor fundamental del capítulo deportivo aunque no lo sea.
 
Los hinchas cumplen su rol secundario. Como lo hicieron a lo largo de la historia. No juegan. No toman decisiones. No compran ni venden, ni pueden reemplazar a nadie. Participan hasta ahí. Puede influir su aliento o su desaliento como influyó siempre desde que el fútbol es fútbol. Pedirles que sean algo así como articuladores decisivos de la marcha de un equipo, es un despropósito insalvable y peligroso. 

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Por supuesto, nadie justifica que los hinchas (son minoría) insulten a mansalva. Menos aún que tengan comportamientos amenazantes y violentos. Pero la desaprobación explícita durante un partido forma parte de la naturaleza misma del fútbol. Igual que los aplausos. O las ovaciones. Si a los jugadores y a los técnicos les pesan demasiado las opiniones diversas del público lo que delatan es una gran fragilidad o deuda temperamental para afrontar las adversidades que siempre están presentes.
 
El tránsito incierto por las adversidades, en definitiva, suele revelar la personalidad (fuerte o débil) y la verdadera dimensión de un equipo. Y de un entrenador. Exigirle y tirarle el fardo a los hinchas es ir de contramano. Y es desdibujar con intenciones aviesas el mapa histórico del fútbol.  

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