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Política
27 | 03 | 2011
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Un lenguaje explosivo

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El secretario de Comercio, Guillermo Moreno, aseguró que el ex presidente Kirchner es “el desaparecido 30.001 de la Argentina”. La titular de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, proclamó que “sin Cristina no hay Patria”. Dos frases dichas el 24 de marzo que impactan en el análisis del actual momento.

Un lenguaje explosivo
Un lenguaje explosivo
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Hubo dos frases en las jornadas de recordación del 24 de marzo que impactan en el análisis del actual momento argentino. Ambas procedieron de las filas oficiales y no hay derecho a tomarlas de manera ligera. Por el contrario, están empapadas de significado. Guillermo Moreno y Hebe Bonafini no son lo mismo y tienen orígenes diferentes, pero se alinean en similar trinchera y si bien ninguna de ellos es un gran analista ni un sofisticado orador, tienen la virtud de expresar a menudo brutalmente un modo de conducir al país. Al coincidir en el acto más oficial del 24 de marzo, en el Mercado Central de La Matanza, aunque la Presidenta prefirió tomarse el fin de semana largo para retornar en plan privado a su residencia del Calafate, tanto Moreno como Bonafini no se privaron de excesos. El secretario de Comercio aseguró que el ex presidente Néstor Kirchner es “el desaparecido 30.001 de la Argentina”, mientras que la presidente de las Madres de Plaza de Mayo proclamó que “sin Cristina no hay patria”. Aún en el marco emocional del 35º aniversario de aquel golpe cívico-militar que ahora se recuerda con tanto énfasis, fueron definiciones demasiado fuertes como para no detenerse en ellas, a fin de comprender a través de esas palabras qué se propone y hacia dónde marcha el Gobierno. Herida profunda en la epidermis argentina, el horror de las desapariciones como técnica del terror represivo ha sido vastamente reconocido en este país desde los juicios a las juntas ordenado por Raúl Alfonsín en 1983 y sus secuelas posteriores. Si bien tuvo compañeros desaparecidos, Kirchner no corrió igual suerte. Denominar “desaparecido” a un hombre que murió víctima de un infarto cardíaco masivo, condición de la que padecía hacía varios meses, es una desmesura que no se merece la figura de Kirchner, pero sobre todo no la merecen los miles de argentinos secuestrados, torturados y asesinados en aquella época.
Infantil simplificación
Esa demasía delata una pretensión de infantil simplificación, como si transformar un relato histórico fuese una mera cuestión de afirmaciones ajenas a toda veracidad. Moreno, graduado en una universidad privada dedicada a formar administradores de empresas, añadió imprecisión a su banalidad discursiva. Habló de 30.000 desaparecidos, cuando los propios organismos de derechos humanos nunca pudieron superar en sus listados la cota de los 12,000, un horror indescriptible en sí mismo, pero -aun así- menos de la mitad de lo que menciona Moreno. Si no fuera truculento, se podría hablar de un INDEC al revés, aplicado en este caso a una innecesaria inflación de la tragedia inolvidable de las desapariciones. De la mano de esta desmesura, porque Kirchner no fue un desaparecido, sino que tampoco fue entre 1976 y 2003 una persona abocada a la denuncia de la violación de los derechos humanos, vino el otro despropósito, el de una Hebe Bonafini que nunca dice nada que no comparta en esencia el Gobierno. Cristina Kirchner es la ciudadana presidenta de una república democrática, en una sociedad que ha jurado vivir en el sistema representativo federal. Merece ella, desde luego, toda la enorme consideración que se deriva de su altísima investidura y por el hecho de ser una mujer de infatigable pasión política, que hace por lo menos 20 años ocupa cargos públicos. Pero la respetabilidad republicana que se merece la presidenta Cristina Kirchner es aviesamente empañada por sus panegiristas, hasta llegar a la enormidad de sostener que sin ella no existe el país. Es una enormidad pronunciada desde una tribuna oficial y que remite directamente a las ansias monárquicas de Cornelio Saavedra en 1810, oportunamente bloqueadas por los revolucionarios de mayo. La vociferación de Bonafini se asocia a la que hace semanas obligó a la propia Presidenta a una apresurada desmentida, cuando la volcánica diputada Diana Conti, que estuvo en la Alianza de 1999 a 2001, pidió por los medios una “Cristina eterna”. ¿Por qué se consuman estos excesos aparentemente circunstanciales? No hay una sola respuesta, pero es evidente que en el corazón de una parte importante del oficialismo se ha ido desplegando una intemperancia muy intensa, combinada con una necesidad de obsecuencia que no se alcanza a comprender.
Tolerancia civil
No hay elementos de juicio, empero, para afirmar que desde la Casa Rosada se aliente un personalismo “cristinista” cada vez más virulento. Pero al surgir desde la tropa oficial este arsenal de ditirambos y exageraciones insufribles, a muchos observadores les tienta ver en esos episodios meros globos de ensayo. O tal vez zafarranchos que pretenden medir la tolerancia civil. El gobierno kirchnerista, que dentro dos meses cumple ocho años, ha conducido al país con mano enérgica durante más de 2800 días, y no ha necesitado valerse de estos exabruptos. Ese lenguaje de monarquía decadente no es propio para este país y para este gobierno, pero que sea usado ligeramente por los gladiadores centrales de la Administración Kirchner es motivo de reflexión y alerta. Es cierto que desde hace varios años se viene agravando una asombrosa cuesta descendente del lenguaje en general y del que se usa en los medios en particular. ¿Por qué no habría alusiones a la condición eterna de la Presidenta o afirmaciones de que ella es la Patria y no hay Patria sin ella, si en la vida cotidiana las mujeres bonitas pasaron de ser reinas a convertirse en diosas? Una sociedad que anestesia sus propias herramientas expresivas puede atravesar un período más ó menos extenso sin sobresaltos, pero a la larga esa indigencia produce consecuencias en la política y en la vida en general. Acostumbrarse a las demasías de la obsecuencia ilimitada termina fabricando una peligrosa coyuntura política, en la cual las aclaraciones ya no servirán. Por pepe eliaschev www.pepeeliaschev.com | twitter: @pliaschev

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