Sí, en cambio, es hora de regalarse y regalar plantas de ruda macho, trenzas de cabezas de ajo, monedas chinas antiguas y un slip o tanga -para el caballero o la dama- coloradas a más no poder, tipo remate.
Si, además, uno tiene un gato negro en casa, habrá que ponerle un moño colorado y hartarlo de comida, cosa de que se acueste a dormir y no se nos cruce por delante reclamándonos lo que nos olvidamos de darle.
La mala fama del 13 tiene origen cristiano: se relaciona con la cantidad de comensales que asistieron a la Ultima Cena -el Mesías comió con sus 12 apóstoles- al cabo de la cual Jesús fue traicionado, negado, condenado, crucificado y muerto.
En Estados Unidos, el puritanismo llevó el caso a los extremos: en ningún hotel, ni edificio de propiedad horizontal, hay piso 13, ni departamento 13, ni habitación 13 -saltan del 12 al 14- tendencia que gracias a la globalización es cada vez más notoria a nivel internacional.
Igual recaudo toman los autos de competición y las compañías aéreas: no hay máquina, ni fila, ni asiento 13 porque es 'yeta', aunque sí, curiosamente, todos tienen 17, número que en la jerga del escolaso es todavía más contundente: 'la desgracia'.
En general los pueblos latinos sienten mucho más respeto por la supuesta malignidad del martes 13, que por la del viernes 13, pero entre los anglosajones ocurre exactamente al revés.
Los argentinos -crisol de razas, mediante- adherimos naturalmente, por una tradición o la otra, a la idea de considerar potencialmente maléficos tanto al martes como al viernes 13, porque no creemos en las brujas, claro, pero que las hay, las hay. i