Pero él escupió hacia el cielo, pensando en que jamás le caería en la cara, como si la ley de la gravedad no hiciera efecto dentro de su sistema.
"Saltó el cerco" –como les gusta decir a su equipo- para atraer a un público de todas las extracciones, y batir el record de su propio ego en Vélez, no pensando en la gente, claro, sino en sus intereses, ya sea por negocio –estaba asociado comercialmente a la promoción-, o simplemente para sentirse amo y señor de una población que lo venere.
Para ello se valió del no boxístico -40.000 personas en el estadio, y 40 millones por TV-, ignorante, sin identificación ni empatía con el boxeo, que enganchada con su verborragia, sus arengas, sus promesas y su arrogancia, fue a ver un show de piñas que no dio. Y el monstruo se le volvió en contra, cual gigantesco boomerang.
Esa gente que con sus excesos atrajo, fue la que se le dio vuelta, y en vez de juzgar un combate lo juzgó a él. No sólo viéndolo perder –sin entender nada y sin confeccionar siquiera una tarjeta, ni saber hacerla-, sino pasándole factura por todos sus dichos, exagerando situaciones, y mirando la mitad del vaso vacío, con un enojo potenciado por el hecho de que pagaron una entrada –y cara- para ver lo que él vendió. Pero se defraudaron, porque fue todo lo contrario. Lo vieron sin lucir, de lejos, incómodos y con lluvia.
Él decía estar 11 puntos, que "tenemos nocaut, muchachos", que entrenó como un salvaje, y que si bien las lesiones le dolían, estaba "de puta madre". Él convence y los incautos creen, pero luego hay que demostrarlo, y si no bancarse la contra, que ahora se paga en las redes sociales -que a él tanto le interesan-, donde lo tratan de todo, la mayoría injustamente.
Pero se la buscó, y todos los tiros le salieron por la culata. Pensó que podía dominar a la naturaleza. Que bastaba con el sólo hecho de que peleara él para que la lluvia se detenga, y organizó a estadio abierto, subestimando el factor climático. Pero cual lección divina, en una semana radiante, el único día que llovió fue ése.
Por esa razón –hoy demostrada falaz- inicialmente se había desechado River -club de sus amores (¿?) donde quería cumplir su sueño- y se negoció con el Único de La Plata, techado. Pero un tironeo político lo volvió a la Capital, impidiendo la participación del Gobierno de Scioli, para que el negocio sea exclusivo del Estado Nacional. (Lo que se ignora es por qué Vélez y no River, pero quedó al "descubierto" –literalmente- que lo que menos importaba era el techo).
Como una burla del destino, dijo que en el 8º noquearía a Murray, y fue el round en el que cayó él y casi pierde por KO.
Dice tener el mejor equipo del mundo (¿?), pero tras cada pelea vuelan todos, menos Pablo Sarmiento, porque le pifian en grande (ni una herida le saben curar). Le asignó a Sarmiento entonces el tan delicado tema del vendaje de su mano izquierda –lesionada hace 12 años, o más-, ya que su último "vendador", Naazim Richardson –ni su nombre recordaba en la conferencia de prensa- se lo había dejado flojo contra JC Chávez Jr.
Pero el de Sarmiento le duró sólo 2 rounds, y se le fracturó la mano. Antes lo vendaba Gabriel, hermano de Pablo, quien realmente fue el que lo recepcionó y entrenó en España al llegar, pero con quien cortó relaciones desde que cayó preso. Según el propio Gabriel, Maravilla cambió mucho.
¿Quién habrá sido su curaheridas ante Murray? Porque tampoco pudieron pararle esta vez la sangre en la ceja izquierda.
Su modelo es Oscar de la Hoya –dentro y fuera del ring-, a quien copió del mismo modo que Bonavena hizo con Muhammad Alí. Aggiornó un poco su target al paladar argentino con un toque de impronta personal, tratando de perfeccionarlo, pero es su clon.
Y cualquiera sabe que el final boxístico de Oscar empezó bajo el cuadrilátero, cuando comenzó a cantar, a farandulizarse, a empresariarse, y a endiosarse, en un camino trazado en carbónico igual para todos los de Elite, por el cual van creyendo esquivar, y en donde cuanto más se abarca, menos se aprieta.