Y mientras que en los laboratorios culinarios se inventaban aires con aromas a tortilla, esferas de cigalas o sorbetes salados, muchos cocineros comenzaron a buscar en las raíces de las recetas típicas de cada lugar, adentrándose en las técnicas tradicionales, rescatando sabores ancestrales y poniendo el acento en la calidad y la frescura de la materia prima.
Esta mirada hacia la cocina casera y sencilla se despoja de las combinaciones sofisticadas o barrocas de la cocina fusión para rescatar su aspecto más sensible y familiar, arraigado a las costumbres de cada lugar. Cobran protagonismo las recetas típicas y los productos regionales que hacen a la esencia de las gastronomías locales. Nada mejor que comer un buen pescado recién salido del mar en una zona costera, una ensalada fresca con productos de la huerta o degustar un cordero patagónico en su lugar de origen.
El producto es protagonista absoluto, pero también las técnicas que se aplican para transformarlo. Se evitan las cocciones prolongadas y complejas y se rescatan los procesos más breves y cuidados con el fin de conservar lo que más se pueda las cualidades esenciales del alimento: su aspecto, su textura, su aroma y su sabor. Esto no significa que sea una cocina más “fácil” ni “básica”, como la califican algunos de sus detractores, sino todo lo contrario. Se necesita mucha experiencia y oficio para conocer el punto exacto de cocción de cada producto y sacar el mayor provecho de sus cualidades. Es el mayor desafío de los cocineros de hoy en día.
También se busca que las preparaciones tengan pocos ingredientes, todos ellos de calidad. Para este estilo culinario vale más una verdura fresca de estación con un buen aceite de oliva que una mezcla de ingredientes que no logran distinguirse en el plato uno de otro. Presentaciones sencillas, con pocos productos, sin mezclas raras ni sabores exóticos, encabezan el manifiesto de esta corriente. De esta manera, una tortilla de papas jugosa puede ser el manjar más excelso, siempre que esté bien hecha y en su punto justo. ¡Qué placer!
Por Marcela Korzeniewski