No mostraba un funcionamiento Boca, pero lo venían rescatando las apariciones de sus individualidades. Ahora ni eso. Y como el equipo no tiene elaboración ni pretende encontrarla, su perfil colectivo es muy insuficiente.

Segundo semestre de 1998. Carlos Bianchi dirigía a aquel Boca que terminó ganando todo lo que jugó. Guillermo Barros Schelotto compartía el ataque con Martín Palermo. Y Juan Román Riquelme ya administraba las pausas, los tiempos y los ritmos del equipo.

A Guillermo las pausas de Riquelme no le cerraban. No le gustaba que Román amagara quizás con una descarga larga a espaldas del marcador de punta y después de amagar abriera el juego por derecha o izquierda promoviendo la circulación de la pelota. Guillermo entendía que de esa manera él después de picar quedaba al filo de la posición adelantada, mientras Riquelme se convertía en el brillante tiempista ofensivo de Boca.

Esa diferencia de interpretación nunca se zanjó. Es cierto, jugaron juntos durante años, pero nunca existió sintonía fina entre ambos, más allá de las declaraciones políticamente correctas que siempre manifestaron a la hora de enfrentar a la prensa.

La realidad, muchas veces disfrazada, es que la lectura futbolística de Guillermo estaba alejada por completo de la elaboración artesanal que distinguió a Riquelme. No comulga Guillermo con la gran elaboración. Ni antes cuando jugaba. Ni ahora en su rol de entrenador.

Pretende un fútbol más directo, más vertical. Casi sin pausas, aunque Fernando Gago las ofrecía. Y en este punto, enfocado en el fútbol directo y despojado de pausas que Boca bajo su conducción viene expresando, pueden encontrarse algunos de los problemas más influyentes que padece el equipo.

Este Boca que se coronó bicampeón con números estupendos pero contenidos discretos, no cultiva la idea de la elaboración. No le interesa. O por lo menos le interesa muy poco. Guillermo quiere velocidad para ir y para volver. Velocidad y no circulación de la pelota. Si Riquelme estuviera en la actualidad en condiciones de jugar, Guillermo no daría saltitos de felicidad ni celebraría en privado esta circunstancia. Más bien todo lo contrario.

¿Y entonces? Boca juega a lo que quiere Guillermo, en su búsqueda de un equipo de ataque que no pierda tiempos en maniobras de distracción ofensiva. Hasta el momento, esa búsqueda fue hilvanando buenos resultados. Y buenas apariciones. Porque Boca denunció ser un equipo de apariciones. Así fue resolviendo los partidos. Con apariciones de Pavón, antes de Benedetto, después de Wanchope Abila, algunos arrestos de Tevez, algunas participaciones inteligentes del siempre irascible Pablo Pérez (es hora de que se calme y deje de creerse que pegando impone respeto) y alguna pelota venenosa que puede meter el colombiano Cardona, demasiado errático y displicente.

En definitiva, Boca se fue nutriendo de apariciones más o menos esporádicas o más o menos frecuentes. Pero no de funcionamiento. El funcionamiento no tuvo en Boca a un cultor importante. Como si no formara parte de su registro. De su idea. O incluso de su convicción para abordar las complejidades del juego.

Es verdad que igual le alcanzó para conquistar dos campeonatos consecutivos con cierta holgura. Y para ser un peso pesado del fútbol argentino y sudamericano, aunque esto último lo tendrá que refrendar en la Copa Libertadores. Pero solo con apariciones de sus individualidades las posibilidades se reducen. Porque no siempre esas apariciones desequilibrantes están garantizadas.

Cuando no entran en escena como viene ocurriendo, Boca queda como una hoja en la tormenta. Y se lo ve desnudo. Porque no puede respaldarse en un funcionamiento que no tiene. Ni en una elaboración que nunca reivindicó.

Las consecuencias se vieron, por ejemplo, en los dos partidos que disputó por la Superliga: en la victoria 1-0 ante Talleres y en la derrota 2-0 frente a Estudiantes. ¿A qué jugó Boca? Responder esa pregunta con una certeza sería absolutamente temerario. Porque Boca jugó sin red. Jugó a los ponchazos. A esperar que alguien acierte en una corrida. En un pelotazo. Pura lotería. Pura quiniela. Pero de fútbol bien ejecutado, nada.

Quizás lo raro es que a esta altura no sorprende que Boca juegue mal. Y no sorprende porque no daba señales el equipo de que estaba experimentando un crecimiento. No crecía Boca, aunque las estadísticas le regalaran felicitaciones.

Hoy se revelan las preocupaciones. Pero las preocupaciones también debieron expresarse cuando ganaba. La dura caída con Estudiantes, sumado a otros desarrollos mediocres y a la pésima actuación que tuvo en el 0-3 ante Barcelona, activó las alarmas. Aunque las alarmas ya estaban sonando.

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