Después del bochornoso 3-2 sobre Vélez (la desastrosa producción del juez Pezzotta es una emergente del pésimo nivel del arbitraje argentino) y a 3 fechas del cierre del Clausura, Boca está en la antesala de lograr el bicampeonato con la conducción de Basile. Pero, igual, la continuidad de Basile está agarrada con alfileres. ¿Por qué? La particular historia que unió a Carlos Bianchi y Mauricio Macri puede servir de puente para acceder al presente. Después de los dos títulos que logró Bianchi con el Apertura ‘98 y Clausura ‘99, se presentó la misma zona gris que hoy envuelve a Basile y Boca. El tema era la plata. El monto del nuevo contrato. Bianchi, por aquellos días, caminaba por las paredes porque advertía que Macri lo mandaba al tira y afloje con el tesorero Orlando Salvestrini. Bianchi sentía que lo querían desgastar y después del ablande que incluía un reconocimiento light a lo que había conseguido en un año de trabajo, le iban a dar un aumento a partir del 2000 casi simbólico. El 16 de julio de 1999, de gira con Boca por USA, en el lobby del hotel Crowne Plaza de Chicago, consultado Macri sobre la continuidad de Bianchi, nos comentó: “Haremos un esfuerzo acorde a las posibilidades de Boca. Si ese esfuerzo no alcanza, y bueno... A mí también me gustaría tener a Ronaldo y Batistuta. Y sin embargo...”
Alta exposición
Macri hace 7 años le avisaba al técnico más ganador en la historia de Boca: negociar no es conceder todo. Con Basile ahora pasa más o menos lo mismo. De ahí, algunos palazos de Macri sobre las bondades del equipo. No son casuales sus calificaciones. Habló que “Hay jugadores para rendir mejor”, que “no hay regularidad”, dijo que las cábalas de Basile “son raras” y que “no van a llegar refuerzos”. El mensaje es claro: poco aire a Basile. La táctica es más vieja que la pelota: no tirarle flores y bajar las pretensiones económicas del técnico. Si a Bianchi las decisiones de Macri de sumarle jugadores al plantel sin consultarlo le provocaban rechazos de alta intensidad, a Basile, las críticas futboleras de Macri le desatan los peores demonios. Si antes no había ninguna empatía entre Bianchi y Macri, hoy tampoco la hay entre Basile y Macri. No hay feeling ni lo va a haber. A Macri esto no lo afecta. La relación es estrictamente profesional. De empleador a empleado. A Basile sí le afecta, porque su manera de relacionarse trasciende el verticalismo de los espacios de poder. Bianchi es más frío y menos impetuoso, aunque una vez se le volaron los pájaros y lo dejó a Macri hablando solo en una recordada conferencia de prensa. Basile es más vehemente, pasional y rotundo a la hora de tachar y elegir. Si está molesto con el que tiene enfrente, sabe disimular poco. O nada. “No me banco el conventillo”, suele confesar Basile. Antes de llegar a Boca criticó cómo fue manejada su incorporación al club. Y afirmó: “Boca armó un conventillo, unos dirigentes decían que me querían, otros no y Macri no lo paró. Si mañana el Panadero ventila cuestiones privadas yo lo paro. Y si el no para, lo rajo”. En Boca casi todo es público. Basile, en medio de todos los focos, está a disgusto. Y se siente expuesto. Esto sí que lo altera. Porque como él dice, “no me gusta darle de comer a la gilada”.

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