Así fue que coordinamos una salida de pesca, apuntando especialmente a las tarariras en este ambiente lleno de piedras, aguas claras y algunos árboles semisumergidos que le dan un particular aspecto a este espejo y en donde sacar de esos palos a taruchas bien robustas y sanas es un verdadero desafío.
Arrancamos tentando taruchas en baitcast y spinning, testeando pequeñas "bahías" que se forman, y que Martín conoce con lujo de detalles. Lentamente nos desplazamos por la costa y pudimos ver algunos ejemplares que estaban metidos entre las piedras y los troncos. El señuelo clave "para pescar sin enganchar" fue el Highlander naranja de Spinit, que tuvo enseguida furiosos ataques. También rinden las cucharitas giratorias y algunas ranitas de goma con antienganches. Si bien no hay mucha vegetación, sí existen muchos palos y troncos cuyo enganche podemos evitar con anzuelos con antienganche. Como suele ocurrir, las tarus se mostraron lentas en las primeras horas, errando ataques o desestimando los engaños, pero de a poco fueron mostrando toda su voracidad. El placer extra que da pescar en este lugar es que no fueron pocas las veces donde pudimos ver perfectamente el momento del ataque, ya que el artificial se observa a varios metros de la costa, por la claridad del agua, y antes de sentir el pique vemos como un torpedo sale de su refugio para engullirlo. Realmente es un espectáculo que nadie se debe perder, en un ambiente como dijimos lleno de particularidades.
Al mediodía generalmente dejamos la pesca para disfrutar bajo una sombra de un buen asado preparado por Martín, que nos permitió volver a pescar en las últimas horas de la tarde mucho más animados, logrando mas ejemplares que de mañana, y de mayor tamaño.
El dique Pichanas nos demostró que tiene magníficas tarariras, ofreciendo un atractivo extra a toda la maravilla que nos regala Villa de Soto y su naturaleza. Nuestro regreso, para premiarnos con un refrescante baño en la piscina del complejo, no pudo ser más glorioso.