15 de noviembre 2013 - 15:59
El compromiso desde el primer encuentro
Rubén no deja descansar a su memoria y trae los inicios al presente. "Les pregunté a esos chicos qué hacían en la calle con ese día. Me respondieron que habían salido a trabajar, que para ellos era pedir" y continúa: "Esto sucedió jueves o viernes y les planteamos que desde el lunes siguiente pasaran a tomar un mate cocido caliente por la tarde. Y desde ese día no paramos".

A tres años de aquella señal que habían sido parte de sus súplicas, Sandra y Rubén llevan adelante el merendero con pasión. Pero nada fue simple, hubo que remar bastante. "Nos empezamos a dar cuenta de que necesitábamos más porque a los 15 días ya eran 30 chicos. Y aprendimos de ellos, porque salimos a pedir. Fuimos a comercios y panaderías de la zona", comenta Rubén.

Luego se hizo contacto con Claudio María Domínguez, que les hizo llegar donaciones. "No teníamos computadora e íbamos con mi hija a un ciber, creamos un perfil en Facebook, nos contactamos con Claudio María Domínguez. Tanto fue así que nos citaron a la radio (la pop 100.5) y nos dieron donaciones. Necesitábamos una camioneta para transportar todo, y la aportó un vecino que era fanático de Claudio", rememora Rubén. "Además nos prometieron una computadora y llegó desde el grupo Choferes Solidarios", apunta Sandra.

La actividad no supo de paréntesis en la calle Caupolicán. "Estábamos desbordados porque venían chicos desde Atalaya, Los Pinos, barrio San José y Manzanares. El primer año fue fundamental, ya que sin nada en el bolsillo se hizo muy cuesta arriba, pero no podíamos mirar para otro lado cuando venían chicos carenciados y en muchos casos con historias de violencia", establecen.

Así, Las Manos Solidarias abre sus puertas.

"La solidaridad nace innata. No es fácil que alguien abra la puerta de su casa particular. Y si lo hace es porque abrís el corazón, sin esperar nada a cambio". Y esa frase es la estrella que ilumina el camino de este matrimonio de Atalaya, que se entrega de lunes a sábados a la solidaridad, que no espera nada, pero que recibe el premio mayor: el amor de los chicos.