Como el partido se disputaba un miércoles, su padre, Don Diego, tenía que trabajar. Sin embargo, pidió permiso para salir antes y llegó a tiempo a la cancha. Antes del encuentro, alguien se acercó al vestuario para avisarle al debutante que su papá ya estaba en la tribuna. Era un detalle íntimo en medio de una jornada que terminaría siendo inolvidable para ambos.
El partido había comenzado con pocas emociones y una leve superioridad del conjunto cordobés. Cerca de la media hora, el Hacha Ludueña abrió el marcador para Talleres, con un remate contra el palo derecho del arquero Carlos Munutti. El descanso encontró a Argentinos en desventaja y Montes decidió mover el equipo: Giacobetti dejó su lugar y el juvenil se preparó para ingresar con la camiseta número 16.
Diego debutó con la número 16 en la espalda.
Antes de mandarlo a la cancha, el técnico le preguntó si se animaba y le dio una indicación sencilla: jugar como sabía y tirar un caño en la primera pelota. Maradona cumplió frente a Juan Domingo Patricio Cabrera. “Le hice caso: recibí la pelota de espaldas a mi marcador, que era Juan Domingo Patricio Cabrera, le amagué y le tiré la pelota entre las piernas; pasó limpita y enseguida escuché el oooole… de la gente, como si fuera una bienvenida”, contó en su libro.
El resultado no acompañó aquella presentación, pero el debut fue apenas el comienzo. En pocas semanas, el joven pasó de ingresar desde el banco a convertirse en titular indiscutido. El plan de llevarlo de a poco quedó atrás ante la evidencia de su talento y personalidad.
Con el tiempo, aquel estreno adquirió una dimensión mucho mayor que la de un simple partido del Nacional. Maradona lo resumió en sus memorias: “Perdí el primer partido, sí, pero arrancaba con Argentinos una larga historia, hermosa, inolvidable; siempre digo que futbolísticamente toqué el cielo con las manos, pues sabía que se iniciaba algo importante, algo grandioso en mi vida…”. La leyenda había comenzado en La Paternal, con un caño, una ovación y su padre presente en la tribuna.