La grave situación económica que viene padeciendo Independiente, por supuesto condiciona la labor que tiene que desarrollar el entrenador, obligado a conducir a un plantel que se desintegra y además alejado de cualquier aspiración deportiva.   

Es una pena lo que le toca vivir a Lucas Pusineri en Independiente. Una pena que trasciende incluso a Pusineri. Porque las complejas circunstancias económicas por las que viene atravesando Independiente desde que se consagró campeón de la Copa Sudamericana el 13 diciembre de 2017, remiten a la más pura desolación.

Cuando Pusineri arribó como entrenador del Rojo en los primeros días de enero de este año, de ninguna manera podía imaginarse como testigo de semejante decadencia. Apenas asumió, seguramente no esperaba encontrarse con un plantel tan alejado de la historia futbolística del club. Ese plantel que había heredado, primero de ese manipulador de las emociones ajenas que fue Ariel Holan y luego del hiperquinético Sebastián Beccacece, se fue desintegrando a una velocidad incontrolable.

La realidad es que a Pusineri lo dejaron en el medio de un baile sin posibilidades de bailar con nadie. Porque la política que instrumentó la dirigencia que lidera Hugo Moyano es la de desmantelar por completo el equipo, después del despilfarro que protagonizó bajo la gestión de Holan, convertido por aquellos días en una especie de CEO con facultades y atribuciones desproporcionadas para cualquier entrenador.

A partir de allí, Independiente colapsó. Y la dimensión de ese colapso económico y financiero se fue revelando con claridad absoluta desde el 2018 en adelante. La cantidad de jugadores que incorporó Independiente (22 con Holan, 6 con Beccacece) sin chapa ni recursos para vestir su camiseta, expresaron el perfil de una discapacidad operativa con muy pocos precedentes. Porque los errores en el delicadisimo rubro de las compras y ventas delataron un nivel de desconocimiento dirigencial imposible de disimular, aun para sus aliados más incondicionales.

Afirmar que Independiente se autodestruyó en un momento muy favorable, luego de consagrarse en Brasil frente al Flamengo, no admite dudas. Se autodestruyó despojándose de todo tipo de responsabilidades. Y a su vez transfiriendo responsabilidades en nombre de los contextos desfavorables, del aumento del dólar, de la crisis del país, de las persecuciones políticas previas a la asunción de Alberto Fernández como presidente de la Argentina, del Covid-19 y de todo lo que fuera considerado útil para victimizarse.

Bajo las luces y las sombras de este escenario de altísima complejidad, plantear que Pusineri está fuertemente condicionado por una atmósfera de negatividad incuestionable, sería muy difícil de rebatir. Se le caen jugadores todos los días y aquellos que todavía continúan en el club (como por ejemplo es el caso de Juan Sánchez Miño, entre otros) ya manifestaron sus deseos de abandonar Independiente en la medida que aparezca en el horizonte una oferta del fútbol argentino o del exterior.

¿Cómo debe procesar Pusineri este panorama desalentador? Por ahora, denunció ser políticamente correcto. Tan políticamente correcto que de cara a la prensa no ha elevado ningún reclamo ni insatisfacción evidente. Esta fue su postura pública: un silencio atronador. Como si todo lo que girara a su alrededor no lo perturbara.

Y claramente lo afecta. Como afectaría a cualquier técnico que viese el debilitamiento progresivo del plantel sin que lo acompañe ninguna noticia favorable. Porque las señales que emite Independiente van en una sola dirección: bajar el presupuesto, achicar el plantel y consolidar una búsqueda de talentos juveniles para armar un equipo a futuro, activando un gran voluntarismo.

La tarea de la dirigencia a poco menos de un año y medio de las próximas elecciones es promover una etapa de gran ajuste futbolístico después de un período de probadísima ineficacia administrativa.

Pusineri, aunque pueda encontrar la compañía del manager o secretario deportivo, Jorge Burruchaga, se asoma como el protagonista de aquella película española de 1978 (posterior a la muerte del dictador Francisco Franco ocurrida el 20 de noviembre de 1975), en la que descolló José Sacristán: Solos en la madrugada.

Así parece estar hoy Pusineri. Demasiado lejos de los sueños que tenía cuando hace casi ocho meses llegó a Independiente en la función de entrenador.

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