Castrilli, considerado en su momento, el número uno de los árbitros del fútbol argentino por su severidad y rigor sobreactuado para conducir los partidos, creyó que iba a ser un paradigma que trascendería las fronteras del deporte, para instalarse como una bandera de la justicia.
En realidad, leyó muy mal los tiempos y las circunstancias. Nunca generó adhesiones auténticas. Ni por adentro ni por afuera del fútbol. Sus colegas, los árbitros, lo rechazaban de plano. Lo veían como un francotirador con vanidades heroicas que se cortaba solo para adquirir prestigio social dentro de una corporación cerradísima y sospechada que lo miraba con encono y resentimiento.
Por eso nunca lo acompañaron en su cruzada contra los poderes establecidos del fútbol (entre ellos la televisión) que le bajaron la cortina sin arrepentimientos. Castrilli, finalmente se inmoló cuando denunció que el presidente del Colegio de Arbitros, Jorge Romo, manipulaba designaciones de jueces y recomendaba mirar bien la camiseta de los equipos a la hora de dirigir aquí y en el exterior.
Nadie se puso al lado de Castrilli. Nadie bancó sus palabras. Ni los árbitros más experimentados ni los más jóvenes. Todos le dieron la espalda. Todos. Y su carrera a fines de septiembre de 1998 (su último partido lo dirigió el 27 de ese mes) se desintegró en el aire, entre indiferencias, escepticismos, odios, olvidos y una condena social que lo caracterizó como un hombre público con aspiraciones que largamente lo excedían. Y lo excedieron.
La gran deuda de Castrilli, fue su falta de construcción y acumulación política. Y su soberbia indisimulable. Pretendió revolucionar los estamentos del fútbol en soledad. Y fue un rehén de esa búsqueda y ambición solitaria que lo precipitó a una despedida con mucha más pena que gloria, aunque quizás sus intenciones originales hayan sido las mejores. O no.
El alter ego de Javier Cantero no fue Castrilli. Pero Cantero operó en una línea similar a la que expresó el ex árbitro, hoy devenido en candidato a concejal por el PRO (liderado por Mauricio Macri) en el partido de La Matanza.
Creyó Cantero ser más influyente y gravitante de lo que en realidad fue y es. En muy pocos meses de gestión, su desgaste como titular de Independiente fue impresionante. Se presentó en sociedad como un intérprete filoso y agudo que combatiría, sin descanso, a la violencia radicada en el fútbol y ejecutada por las barras bravas. Y se quedó sin nafta en medio de la ruta hasta que pactó una tregua con los mercenarios del aliento. Su método de transmitir todo en vivo y en directo, fue frágil, inoportuno y naif. Solo en el desierto pareció un kamikaze sin retorno.
Con un club devastado económicamente como Independiente, vulnerable desde el bajo promedio que lo azotaba y con urgencias imposibles de afrontar a partir de la administración tan desastrosa como oscura de su antecesor Julio Comparada, Cantero pretendió erigirse de la noche a la mañana en un justiciero (o un outsider) del fútbol nacional. Se equivocó fiero.
Sin cintura política, sin compañías, sin recursos, sin estrategia, sin contactos, sin talento, sin logística y sin poder real para imponer ninguna condición en AFA ni en el Estado, se quedó en banda observando impávido el vendaval que fue jaqueando a su club.
Quiso ser un rebelde consagrado que interpelaba a la corporación y sin embargo bañó en elogios incomprensibles y desmesurados a Julio Grondona en un sinfín de oportunidades. Quiso ser la imagen del antisistema y se lo devoró el sistema. Quiso endulzar los oídos de los árbitros para no ganarse enemigos y fue un cultor de la típica franela que deschava temores. Quiso armar un plantel valioso y ratificó, con creces, la decadencia más extrema. Quiso ir por todo y no logró absolutamente nada.
Porque no construyó nada políticamente. No juntó a la gente. Se dispersó y la dispersó. Tuvo, eso sí, su cuarto de hora de fama para refrendar aquellas palabras del artista pop Andy Warhol, que sostenía que todos los hombres tendrán sus minutos de gloria efímera. Pero el costo fue altísimo. Y muy nocivo. Independiente lo pagó con creces. La deuda gigante e inmanejable que heredó de la pésima gestión de Comparada, se incrementó. El estadio siguió a la deriva. La amenaza de quiebra está latente. No pocos hinchas hacen cola para condenarlo. El club descendió. Y la diáspora que promueve el fracaso amenaza con causar más estragos.
Las luces del show que en el arranque iluminaron a Cantero, se apagaron. Esas luces intensas y oportunistas, lo confundieron, lo sacaron de foco y lo arrojaron a las brasas. El hombre de 55 años delataba sus zonas erróneas. Y los platos rotos los tendrá que abonar un Independiente en ruinas. Él, quedó girando en falso. A merced de los poderes: de la AFA, de Julio Humberto Grondona, del escarnio mediático. Y de todos los tiburones que siempre andan sueltos capturando víctimas indefendibles.
Perdió por goleada Castrilli hace una década y media. Perdió por goleada Cantero hace unos días. La diferencia es que Castrilli no se llevó puesto a nadie, mientras que Cantero se llevó puesto a Independiente.
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