Los técnicos del fútbol argentino naturalizaron la protesta airada y vehemente para sacar ventajas. La vulgaridad para reclamar y el show de la victimización constante parecen ser los reflejos de una subcultura deportiva que reivindica la victoria urgente como valor supremo.
Domingo 12 de mayo de 2013. Una hora después del pobrísimo 0-0 entre Lanús e Independiente, el arquero Agustín Marchesín, fuera del contexto del partido que había acabado de jugar, puso en la mira al técnico de Newell's, Gerardo Martino. Y dijo: "Hay que hablar menos y jugar más. Martino tendría que dejar de hablar de los arbitrajes porque los condiciona. A nadie le gusta que le protesten los 90 minutos como él hizo con Pompei ante Arsenal. Si yo hubiera estado en el lugar de Pompei habría reaccionado igual que él".
Marchesín se refería al empujón que el árbitro le propinó a Martino, quien luego del encuentro afirmó que la presencia de Pompei dirigiendo a Newell's lo predisponía "mal". La dinámica del llanto o las quejas reiteradas y la confrontación con los árbitros, en realidad trascienden largamente a Martino y a Pompei.
Este fútbol argentino atrapado por las chicanas y la búsqueda de la ventaja a cualquier costo, encontró en los entrenadores adhesiones, en muchos casos, despreciables. Martino, más allá de sus cualidades profesionales muy destacadas (el nivel de Newell´s lo atestigua), expresa ser un hijo errático de la lágrima, aunque su diplomacia y cintura política con la prensa quizás lo ubique como un profesional tan amante del equilibrio como del fair play.
Pero no lo es tanto como lo proclama. Quizás sea un emergente del fútbol nacional. Porque no está solo Martino ejerciendo el rol de observador intransigente de cualquier juez que se le cruce por el camino de su equipo. Está acompañado por muchos de sus colegas que durante un partido claman a los gritos justicia deportiva sobreactuando disgustos y grandes malestares, en la medida en que sus pedidos no sean satisfechos.
Luis Zubeldía es uno de ellos. Carlos Bianchi es otro. El Pelado Díaz también se suma a la lista. Guillermo Barros Schelotto no se queda atrás. Gustavo Alfaro, Pipo Gorosito, Jorge Burruchaga, Pablo Morant y Caruso Lombardi, entre otros protagonistas, refuerzan el show infaltable de los técnicos admiradores de la lágrima interminable.
¿Qué los empuja o precipita a hombres más o menos experimentados y conocedores del juego a transitar con poco decoro por la ruta de la vulgaridad? ¿Es el sistema? ¿Es el ambiente? ¿Es la presión que los desborda? ¿Es la farandulización del fútbol? ¿Es la interpretación de que siempre es mejor victimizarse para sacar una tajada favorable en la próxima jugada, en la próxima oportunidad o en el próximo partido?
Naturalizaron la grosería los técnicos, por encima de la mediocridad galopante de los árbitros que no cesa. Y como naturalizaron la puesta en escena de llorar en vivo y en directo, no son concientes de los papelones que brindan fecha tras fecha. Esa línea decadente que bajan, por supuesto no es gratuita. Tiene costos. Los jugadores la incorporan y la retroalimentan. Los dirigentes igual. Y los hinchas militan a favor de esos contenidos ventajeros.
Se arribó a un punto de difícil retorno. Hay que admitirlo. Si los responsables de conducir a un plantel ejecutan distintos tipos de desplantes en público, será muy complejo desactivar la lógica que justifica todo o casi todo.
En Europa, ese pésimo perdedor que es el técnico portugués José Mourinho, expresa a gran escala al fútbol llorón. Acá, no son pocos los que cultivan estrategias parecidas. Les va bien y mal. Pero dejan deudas éticas y palabras imprudentes por todos lados.
Además de protagonizar imágenes contundentes que contribuyen a banalizar el hecho deportivo. Y a exaltar el efectismo.
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