Aquel jugador que supo ser activó las memorias de aquellos que lo vieron en una cancha y de varias generaciones que recogieron esos testimonios e idealizaron su calidad sin encontrar nunca por parte del protagonista una revelación de su particular historia futbolística

¿Qué se fue con el Trinche Carlovich? Algo mucho más perdurable que un gran recuerdo, que una gran postal, que un gran flash de su vida de futbolista que tenía adherida a su piel una sensibilidad distinta. Una sensibilidad intransferible.

Eso nos dejó el Trinche en su partida muy difícil de bancar. Porque aunque casi no existan registros de su magia de jugador capturado por los rasgos históricos del fútbol argentino, él quizás encarnaba como pocos esa magia silenciosa y austera que se filtraba hasta en la economía de sus palabras y de sus gestos. Porque no quería alardear de nada en particular ese hombre que se despidió con 74 años. Y seguramente no alardeaba porque él no creía que aquello que había construido merecía tales consideraciones, tantos halagos y tantas palabras de admiración.

Naturalizaba su virtud el Trinche. No la desconocía, pero no la reivindicaba. Ni ignoraba que la pelota la supo tener atada, pero nunca lo visitaban los duendes que viven atrapados por los egos. Los tenía controlados. Cercados. Siempre bajo la suela. Y sin posibilidades de que se escapen para tentarse ante audiencias que estaban dispuestas a celebrar sus caños de ida y vuelta, sus pisadas, sus gambetas y sus frenos que después anunciaban un pase artesanal.

Es cierto, es probable que las comparaciones hayan volado demasiado alto. Que las voces de los suburbios lo pusieron en la cima de todas las destrezas futbolísticas. Que las pasiones desatadas en torno a su figura legendaria lo empujaran a estrellatos que las historias oficiales no registran. Formará parte de las construcciones imposibles de dimensionar. Del mito que sobrepasa la llanura. De la leyenda que se supera a si misma.

Pero lo que debe quedar claro es que Carlovich no sacó chapa. No lustró esa condecoración que otorgan las memorias del fútbol de todos los tiempos. No participó de esa extraordinaria caravana que le acercaba detalles incomprobables de aquellas escenas que terminaron inscriptas en un museo que se paseó de generación en generación.

La realidad es que fueron pocos los afortunados que disfrutaron al Trinche en una cancha de fútbol. Fueron pocos, pero como diría Evita en versión libre, volvió del fútbol y fue millones. Atrapó esa fe. Esa parte de la religión. Ese perfume silvestre de aquello que simboliza el juego. El arte de jugar. De dar. De regalar. Así, sin segundas intenciones. Sin versos. Sin especulaciones.

El Trinche quizás simbolizó desde su inspiración el fútbol libre. No porque no le interesara ganar. O porque le diera exactamente lo mismo ganar que perder. A nadie le da lo mismo. Ni al tronco ni al genio. El fútbol libre lo puede expresar un tipo que se siente libre. Que se ve libre. Que no es rehén de ataduras ajenas. Y que juega porque se subordina al placer de jugar.

En definitiva, hacer lo que uno tiene ganas de hacer. Sin pedir permisos. Sin regalar sonrisas complacientes a los que no se la merecen ni de casualidad. Sin sentir en el pecho el dolor de una traición. Sin vender humo en situaciones favorables.

Seguramente no era un súper hombre el Trinche Carlovich. Convivía con los fantasmas del ayer, pero nunca pareció que esos fantasmas lo hayan abrumado. Los conocía, los frecuentaba y los invitaba a tomarse una cerveza en una rueda de amigos o en una charla mano a mano. Esa familiaridad con las dimensiones del ayer no lo desacomodó. No lo expuso. Administró con paciencia y recursos las señales de amor y afecto que acariciaban su espalda.

En la vida y la muerte que va y viene, dejó estampado el perfil de un tipo que fue fiel a su deseo. Allí se mantuvo. Cautivo de su pensamiento. Permeable a su idea. Y sobre todo, libre. En un mundo con demasiados rehenes.

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