Cayó Argentina 1-0 en las finales frente a Alemania en el Mundial de Italia 90 y Brasil 2014, con arbitrajes de Edgardo Codesal y Nicola Rizzoli, quienes terminaron siendo figuras tan influyentes como decisivas a la hora de explicar el resultado de ambos partidos

Dos mundiales: Italia 1990 y Brasil 2014. En ambos, Argentina, en las finales ante Alemania, fue notablemente perjudicada por los árbitros. Tan perjudicada que siguen pasando los años y los flashes de aquellos partidos siempre se detienen en la sospechadísima labor de los jueces.

En el 90, el uruguayo nacionalizado mexicano Edgardo Codesal, a muy pocos minutos del cierre del partido, sancionó un penal a favor de Alemania cuando no existió ningún contacto físico de Roberto Sensini contra Rudy Völler.

¿Qué vio el ahora indignado Codesal (dijo en los últimos días que Maradona era una crack, pero “una persona despreciable, desagradable, de lo peor que conocí en mi vida”) en aquella caída teatralizada de Völler? Vio, en definitiva, lo que quiso ver. Y por eso y no por otra cosa, sancionó un penal que con el derechazo de Andreas Brehme terminó determinando la conquista de Alemania.

Más cerca en el tiempo, el italiano Nicola Rizzoli, en la final entre Argentina y Alemania disputada hace seis años en el Maracaná de Rio de Janeiro, se negó a dar un penal evidente del arquero Manuel Neuer cuando embistió a Gonzalo Higuaín con una fuerza desproporcionada. ¿Qué hizo Rizzoli? Lo que indican los libros no escritos de los árbitros que pretenden tapar lo que no se puede tapar: cobró infracción de Higuaín a Neuer. Alemania, después, en la prórroga de los 30 minutos suplementarios ganó 1-0 con el gol de Mario Gótze y logró su cuarto mundial.

¿Por qué volvemos sobre estos episodios del pasado? Porque la semana pasada en una entrevista para un medio uruguayo, Codesal reinstaló las imágenes de esa película que ya registra una antigüedad de 30 años. Y como suele suceder en estas circunstancias, el victimario se victimizó. “Volvería a hacer lo que hice con VAR o sin VAR”, planteó. Nadie lo duda. Claro que volvería a hacer lo que hizo. A confesión de partes, relevo de pruebas, dirían los juristas..

Por otra parte, en la lógica que naturalizan los árbitros desde que empiezan a formarse y luego a desempeñarse como árbitros, siempre se revela la convicción de no revisar públicamente nada. El error grosero de ayer nunca se admite como un error. Al contrario: se reivindica como un acierto y una virtud, aunque el error sea clamoroso. Interpreta la sagrada corporación de los árbitros que es una eficaz manera de protegerse de cualquier interpelación. Y de blindarse con un alto grado de impunidad frente a la prepotencia de los hechos.

Si Codesal niega lo evidente, e incluso ataca sin sutilezas a Maradona, ubicándose en el rol de un hombre que le perdonó la vida al no sacarle tarjeta roja cuando Diego puteó ante las cámaras del mundo frente a la silbatina y los abucheos ensordecedores que la multitud le dedicaba al himno argentino, Rizzoli, por su parte, solo comentó que no cobró penal en la final de 2014 porque “Neuer llegó primero a la pelota, aunque me equivoqué en cobrar infracción de Higuaín, pero recién me di cuenta cuando volví a ver las imágenes y esto debo decirlo”.

La historia del fútbol mundial es inmodificable. Alemania derrotó 1-0 a Argentina en Italia 1990 y y también 1-0 en Brasil 2014. Y no se pueden reescribir esas páginas. Como no se pueden reescribir tantas otras que van por adentro y por afuera del fútbol. Pero esas consagraciones carecen de algo fundamental: cierta legitimidad moral. Lo sabemos nosotros. Lo saben ellos. Las implacables memorias del fútbol no pueden clausurarse por decreto.

Es cierto, ganó Alemania en Italia y en Brasil. Y andá a cantarle a Gardel, sentenciarán los que solo se quedan pegados a las historias oficiales que siempre patentan los vencedores. Pero siempre hay otras historias que no hay que esconderlas debajo de ninguna alfombra. Historias que merecen resignificarse.

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