Las consagraciones sucesivas del astro del fútbol mundial con el escudo del Barcelona no logran colmar su brillante existencia futbolística, atada a la suerte de la Selección nacional y siempre esquiva con los deseos del jugador argentino.

No está hecho Lionel Messi. Lo sabe cualquiera que frecuente el universo del fútbol. Y especialmente, lo sabe el mismo Messi. Por eso la impresionante marca de 34 títulos que ganó vistiendo la camiseta del Barcelona (el último fue el que conquistó el pasado sábado cuando obtuvo su décimo campeonato de liga) de ninguna manera le alcanzan para clausurar su gran ambición futbolística.

No es que no quiera seguir dando vueltas olímpicas con el Barça. No es que se aburrió de integrar uno de los mejores equipos de la historia del fútbol mundial, junto con el Santos de Pelé en los 60, el Ajax de Johan Cruyff en los 70 y el Milan de Baresi, Maldini, Koeman, Gullit y Van Basten en los 80.

No está pleno Messi. El de alguna manera lo manifestó sin ser demasiado explícito como lo denuncia su estilo y sus costumbres. Por eso vuelve una y otra vez a la Selección. Vuelve para ganar lo que aún no ganó. Ese eslabón perdido lo sigue persiguiendo. Esa deuda que podría revelarse con otra palabra, pero que en definitiva él siente como algo que le falta, es el estímulo fundamental que lo empuja a emprender nuevos regresos después de varias frustraciones.

Por eso que desde afuera distintas e influyentes personalidades del fútbol digan y repitan que no necesita consagrarse en la Selección para sentirse como uno de los jugadores más extraordinarios de todos los tiempos, es una verdad relativa como todas las verdades que la historia evoca. El, precisamente, el, no está hecho sin un título con Argentina. Y estas sensaciones son intransferibles.

Y no está hecho porque el sueño de conquistar con la Selección un Mundial o de mínima una Copa América (aunque de pibe nadie sueña con ganar una Copa América), se terminó convirtiendo en un objetivo que a esta altura de su carrera pelea mano a mano contra la dictadura del tiempo.

“Algunos todavía lo siguen viendo a Messi como si fuera un jovencito y dentro de poco va a cumplir treinta y dos años”, comentó el Flaco Menotti hace unos meses. Tendrá 35 años Messi cuando se dispute el próximo Mundial en Qatar, lo que podría presumirse sin caer en lógicas aventureras, que sería su último Mundial.

Esos límites inexorables que impone el tiempo no pueden pasarle por alto a nadie. Ni a los mediocres ni a los genios. Messi entra en la categoría de genio del fútbol por las cualidades excepcionales que siempre lo distinguieron, pero corre detrás de un objetivo que hoy constituye su existencia. La Selección, mal que les pese a los sistémicos negadores de evidencias, es su etapa inconclusa. Su zona errónea. El perfil que no lo favorece. Y el episodio idealizado pero no concretado.

Y vuelve. Una vez, dos, tres, hasta que ardan las velas. Esta perseverancia notable de Messi habla bien de él. Porque no se resigna. Porque no se entrega. Porque no admite aun en la frontera de la contradicción urgente, irse derrotado. Entonces siempre se replantea el regreso. Con palabras públicas o sin ellas. Con aquellos compañeros o con estos compañeros. Con entrenadores más afines o con entrenadores más lejanos a su sensibilidad para interpretar el juego.

No importan esos detalles que pueden ser más o menos relevantes. Messi expresa al hombre que siempre vuelve aunque en determinados pasajes haya querido cerrar las puertas para quizás intentar cerrar las heridas. Queda claro que no lo logró. Las heridas no se cierran por decretos de necesidad y urgencia. Ni por olvidos que uno no elabora. O por duelos autoimpuestos celebrados en largas noches de insomnio.

Los 34 títulos en el Barcelona que le alegraron la vida a Messi, como el del sábado pasado en la victoria 1-0 frente al Levante cuando luego de meter un enganche clavó un golazo, asumen la figura de formidables consuelos que no tapan su anhelo mayor: salir campeón con Argentina. Esa llama sagrada invisible la mantiene encendida.

Hasta pareciera que continua manteniendo el nivel que muestra en el Barça solo con el propósito de proyectarlo en la Selección durante un par de semanas de gran bonanza. Seguro que no es así. Pero nos queda esa imagen. Ese flash. Ese registro. La del hombre que reescribe todos los días aquella canción desesperada que el poeta chileno Pablo Neruda eternizó, para encontrar lo que aún no encontró.

Esa esperanza la abona en cada partido. Jugando para el Barcelona. Pero pensando en la Selección.

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