Con 39 años recién cumplidos, la Bruja Verón sigue desafiando los tiempos de las despedidas. Y hace bien, aunque a mediados de 2012 haya anunciado su retiro. Si persigue algo es la satisfacción de jugar con el talento y la entrega que nunca abandonó.

¿Qué impulsa a Juan Sebastian Verón (hoy desgarrado) a seguir jugando, después de cumplir el pasado domingo 9 de marzo, 39 años? La búsqueda de una respuesta, instala a la vez, una pregunta de contenido existencial: ¿Por qué la Bruja parece empeñado en no abandonar?

   Quizás el mejor argumento es el que ofreció Guillermo Vilas cuando la prensa le preguntaba porque continuaba rodando por el mundo y jugando al tenis cuando ya había alcanzado la cumbre y no podía volver a conquistarla: "Porque esto me sigue gustando como el primer día". Es probable que Verón comparta y se apropie de esas palabras tan simples como rotundas que pronunció Vilas en el crepúsculo de su extraordinaria carrera.

  ¿Está bien que siga? ¿Está mal que después de su despedida a mediados de 2012 haya regresado un año después? ¿Quién lo sabe? Nadie. Ni Verón lo debe saber desde algunas precisiones que quizás no le interesa conocer. Pero obedece a su instinto. A sus deseos. Y al reencuentro de satisfacciones que en otros escenarios no halló. Ahí, en ese punto central, se explica todo. En la necesidad de seguir jugando. Y en la convicción de cerrarles la puerta a todos los que le sugerían que ya no valía la pena, que se iba a exponer demasiado y que arriesgaba lo que había construido como jugador de elite.

   No le importó en absoluto a Verón. Y no caben dudas que hizo bien. El fútbol nunca abandona a los tipos que supieron homenajearlo. Después, si podrá correr más o menos que antes, si perdió o ganó pegada en la corta y en la larga, si tendrá tanta ida y vuelta como hace una década atrás, no dejan de ser detalles valiosos para los que miden y semblantean la vida y el fútbol con una regla de cálculo debajo del brazo. La búsqueda de la Bruja, seguramente, trasciende esos valores y esos parámetros.

   Y como los excede largamente, se decidió a desafiarlos. Ese es el valor de la conquista. La primera. La principal. Porque volver siempre implica atravesar el límite de aquellas promesas que anunciaron despedidas. Y de aquellas sensaciones intransferibles que parecían definitivas.

   La realidad es que el crack nunca se había ido. Seguía jugando. Aunque no jugara. Seguía imaginando. Aunque no saliera más a la cancha con la camiseta de Estudiantes. Seguía soñando. Aunque parecía que todos los sueños ya se le habían cumplido.

   Ese talento que distinguió a Verón como un jugador brillante, siempre le propuso compromisos superadores. Entre ellos, jugar cada día un poco mejor. Como no abusar de su gran pegada, atenuar su aire canchero frente a árbitros y rivales y controlar los excesos de esa personalidad que en el campo camina por las nubes.

   Es cierto, le faltó el broche de oro con la Selección. Porque no tuvo un Mundial a la medida de su fútbol. Estuvo en tres citas mundialistas (Francia1998, Japón y Corea 2002 y Sudáfrica 2010) y su paso fue discreto, como para corroborar que a veces la teoría se estrella contra un muro cuando la pelota impone sus condiciones. De esto también pueden dar fe Bochini, el Beto Alonso y Riquelme, entre otros notables, que en el escenario de un Mundial jugaron poco (el Bocha y Alonso casi nada) y dejaron poco.

   Igual, Verón está en la galería de los más grandes jugadores que alumbró el fútbol argentino. De los imprescindibles. De los que construyen recuerdos. Y de los que nunca claudicaron a la hora de querer la pelota. Porque la pide y la quiere siempre. Como lo hacía su viejo, la Bruja mayor.

   Como lo hace él, aún con 39 años

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