"Es más, había compañeros que no tenían para irse a su casa por lo que se quedaban en la planta y recién cuando podían juntar unas monedas para el colectivo, volvía con la familia", recordó este santiagueño de Chilca Juliana, el pueblo donde nació hace 59 años.
De allí vino a los 14 años, cuando estaba a cargo de dos tíos que le alivianaban la tarea de crianza a su madre, Celestina Avendaño, que lo tuvo de soltera y ahora de viejita vive con Federico. Ya en Buenos Aires, la construcción fue el primer gremio hasta que por un aviso en un diario en 1993 ingresó a La Baskonia sin imaginar los sinsabores que lo esperaban ni el rol que iba a desarrollar en una fábrica recuperada que hizo historia.
Asistidos por la Municipalidad de La Matanza, las cosas empezaron a encaminarse cuando la provincia de Buenos Aires expropió el terreno y con el apoyo del abogado Luis Caro definieron a la cooperativa que de a poco, sin créditos y contra la corriente empezó con la producción.
Federico sostuvo que
"logramos levantar la empresa y si bien hoy no nos llevamos un sueldazo, mantenemos el trabajo para los 76 compañeros que somos. En el 93 -afirmó- cuando ingresé, éramos 260"La planta, casi marchita hace trece años en el marco de una Argentina devastada por la crisis, tiene en la actualidad una importante cartera de clientes y ningún proveedor desconfía de las posibilidades de pago de la cooperativa.
"Como se ve, es un verso eso que el obrero no sirve para manejarse solo. Yo no tengo estudios, no sabía leer ni escribir y estoy al frente de esto, ahora de nuevo -aclaró- tras haberme tomado un año de descanso".
Si por Federico fuera, nunca se iría de la fundición por la que tanto luchó y es por eso que disfruta ese sentido de pertenencia que lo lleva a que todas las mañanas, entre las 5 y las 5.30, ingrese a la planta, en un horario en el que muy pocos patrones honran con su presencia la bendición del trabajo."