Menos mal que estaban los bailes del club Independiente, donde la pareja consolidó su relación y a los que Cacho una vez llegó con riguroso traje y corbata, como era de estilo, tras haber visto una demostración del Santos de Brasil ante el Rojo de Avellaneda en el entonces estadio de la doble visera. "Sí señor -aclaró por las dudas- fui a la cancha con traje".
Pero quien fuera un zurdo habilidoso del Club Pedales, de Dock Sud, a quien un entrenador malicioso lo fustigaba por no cabecear "ni siquiera en los velorios", se encontró un día que el fútbol debía darle su lugar al trabajo que encontró como vendedor en la calle.
En 1978 un amigo le ofreció la posibilidad de dirigir fútbol infantil en el Club Mitre, de Avellaneda. "No sabía nada pero la propuesta me apasionó y me dí cuenta -contó- que podía llegar a los chicos desde el cariño y mi pasión por el fútbol".
Menos Luna de Avellaneda, todos
El idilio con sus "cachorros", como Cacho llama a sus pequeños futbolistas, comenzó en ese mismo momento y de allí en más llegaron con los años otros clubes, también barriales, como Argentino, Barrio Unido y Crucecita, este último en dos etapas, en una de las cuales llegó a dirigir a su nieto menor. "La verdad que menos Luna de Avellaneda - en referencia al emotivo film de Juan José Campanella- estuve en todos" remarcó entre risas.
Mientras sumaba años dirigiendo categorías de fútbol infantil , su voz radiofónica le abrió espacio en la FM local 99.3 para conducir "Semillero de cracks" y más tarde, un programa para la tercera edad que le dio la chance de hacerse animador de las fiestas organizadas por los centros de jubilados.
Muchos de sus dirigidos se probaron en Independiente y más allá de la suerte que hayan tenido, sus "cachorros" se quedaron con el legado que Cacho repite en cada entrenamiento cuando les inculca que humildad, compañerismo y alegría son recursos básicos para encarar, desde el baby, todos los partidos que imponga el complejo fixture de la vida.