Ese desarraigo se extendió por años ya que cuando Tuchi terminó sus estudios ingresó al ejército israelí y más tarde conoció al que es su marido, David, con quien tuvo dos hijos, Einat, la nena que hoy tiene 36 años, y Eyal, el varón, de 33.
Pero la historia de Tuchi tiene otro capítulo realmente extraordinario: el dolor de dejar su casa, perder a su madre y alejarse de sus afectos la llevó a que decidiera escribir un carta contando sus penas, pusiera el texto en una botella vacía de anís y la arrojara por la borda del barco en que viajaba a poco de zarpar del puerto griego del Pireo.
Ternura por la borda
“En la carta puse la dirección del internado donde un año y medio después me llegó la respuesta de un hombre llamado Nicolas Kiev, de origen belga, que encontró la botella y su mensaje mientras paseaba por la islas griegas”, recordó.
Después de varios años de relación epistolar, el vínculo se cortó. Sin embargo el destino tenía preparada una caprichosa sorpresa. “Cuando tenía 55 años viajé con unas amigas a Normandía y al entrar a un local, el dueño al enterase que era argentina y que vivía en Israel, me dijo que había conocido a una muchacha con ese mismo recorrido. Ahí nos miramos a los ojos -apuntó- y nos dimos cuenta que increíblemente nos habíamos encontrado”.
Nicolas viajó a Israel y conoció al esposo y los hijos de Tuchi, que también había tomado contacto en Europa con la familia del hombre del que ella en el internado decía que era su novio.
Sin embargo, tras esos encuentros, el vínculo se enfrió y nunca más se vieron. Para colmo, Tuchi viajó a Buenos Aires para acompañar a su hermana mayor en los últimos meses que una terrible enfermedad le dio de vida y aquí reside desde hace seis años.
David hace tres que volvió a Israel y así Tuchi decidió montar el teatro en su casa de Las Heras 4071 donde cada domingo en su unipersonal exorciza recuerdos, comparte emociones y vuelve a arrojar una y vez una botella al mar.