“La mayor parte de las películas o de tramos de esos filmes, estaban en manos de coleccionistas por lo que mi trabajo consistió en ubicarlos y en los casos que correspondieran, ir añadiendo los cuadros que faltaban por haber sido cercenados por pícaros que los vendieron en su momento a otros cultores de la pasión gardeliana”, afirmó Feldman a HISTORIAS DE VIDA.
“Hubo una mafia con los motociclistas que llevaban las latas con las películas de un cine a otro cuando en los barrios se daban tres funciones por día”, señaló.
La trampa consistía, puntualizó, en que “el que se quedaba con una lata en su casa tras la función de la noche para llevarla al mediodía siguiente a otro cine, cortaba el tramo que quería, lo separaba y después empalmaba la cinta”.
¿Zorzal o vampiro?
A pesar de tener sólo 18 meses cuando Gardel murió, Luis forjó con los años un vínculo férreo con el ídolo, en una pasión alimentada por los compañeros del conventillo de Villa Pueyrredón en el que vivió de chico y con quienes compartió además de la cocina y el baño del inmueble, muchas horas tango.
De grande, decidido a promocionar las películas de Gardel, las cosas no fueron fáciles. ‘La primera que recuperé en video fue Tango Bar, de 1935, pero cuando fui a una disquería de Callao y Corrientes con el bolso repleto de copias, me dijeron ‘qué venís con Gardel si hace más de 30 años que murió’’.
Y es más. Su fina sensibilidad gardeliana debió soportar que se mofaran de cierta similitud física entre el Zorzal y el no menos mítico actor de filmes de terror de principios del Siglo XX, el húngaro Bela Lugosi, inmortalizado por su composición cinematográfica del Conde Drácula.
“Pude ser multimillonario con todo esto” apuntó, pero hoy reconoce un tránsito cómodo por la vida junto a Matilde, su inseparable compañera desde hace 55 años, madre de sus cuatro hijos y quien tanto lo apoyó en sus desvelos para que la sonrisa, el cabello engominado y la voz única del Zorzal que tanto admira, sigan por siempre vigentes.