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10 de noviembre 2013 - 00:01
De Maio y sus musas eligieron Sarandí para no irse jamás
Un primer poema que escribió de grande para regalarle a su mamá le abrió la puerta a una pasión irrefrenable por crear cuartetas y rimas que plasma en la misma casa que habita desde que nació, hace 73 años
De grande, Francisco De Maio descubrió su enorme facilidad para escribir poemas y narraciones que inauguró con un sentido texto dedicado a su madre. Desde entonces el colectivo, su oficina en la empresa Rigolleaux en donde se jubiló en 2005 y hasta su casa de Sarandí, la misma que habita desde que nació hace 73 años, fueron espacios comunes de sus creaciones que hoy suman a unas 700 poesías sólo en ese rubro.

Pero De Maio tiene otra particularidad, la de expresar en rimas y cuartetas poesías que rememoran la fechas celebratorias con las que ha nutrido a cuanto diario local circulara por Avellaneda.

Esa especialidad, en la que además de las fechas patrias incluye la mención a trabajadores y gremios en el día específico de su actividad, le valió ganarse el mote de "el poeta de las efemérides".

"Para mí escribir es algo que llevo adentro y he tenido la satisfacción que varias de mis poesías obtuvieran premios y distinciones" puntualizó De Maio a HISTORIAS DE VIDA, en su casa de la calle Paunero donde atesora publicaciones, recortes, fotos y hasta cuadros correspondientes a su etapa en la Escuela Panamericana de Arte.

Sin embargo, su vínculo con la poesía comenzó a los 39 años, después de haber dedicado mucho tiempo al trabajo duro como obrero gráfico en Fabril Financiera, primero, y más tarde, tras un cambio forzado, en la General Motors, en Barracas, donde su puesto de labor estaba en la línea de montaje automotriz.

En rigor, De Maio empezó a escribir poesía cuando ingresó como administrativo a Rigolleaux. "Un día esperaba al médico laboral y mi madre, Ana, fue mi inspiración: escribí 'A ti, madre' y me acuerdo que mi hermana -precisó- me decía que no podía haber sido yo el que había hecho el poema".

Un poema por cada día

De allí en más comenzó una producción imparable que sumó el perfil de las efemérides, que hoy le representan tener escritas cuartetas rimadas con hechos, aniversarios y celebraciones varias para los 365 días del año.

"Quería verme reflejado en las páginas de los medios locales y me pareció una posibilidad interesante hacerlo a través de las fechas celebratorias", afirmó en el antiguo hogar de sus padres, en el que la hoy pared descascarada de la cocina supo ser testigo de como fueron perdiendo vigencia los últimos ochenta almanaques.

Justamente allí De Maio rememoró que a su madre, la que sin querer dio arranque a la inspiración de su hijo, "no le gustaba que escribiera porque yo lo hacía en cada momento libre que tenía, incluso -detalló- hasta quedándome despierto hasta muy tarde a la noche".

"Todo esto lo hacía y lo hago porque para mí es una necesidad volcar lo que tengo en las poesías y las narraciones" apuntó mientras disimula algunos achaques en la columna heredados de las esforzadas tareas desplegadas en sus años como gráfico.

Sin duda, otra versión de las musas que inspiran sus poemas fueron las que lo acercaron por primera vez al trabajo, cuando tenía 12 años, en una carrera comenzada a bordo de una bicicleta como repartidor de un almacén ubicado en Sollier y Paunero, la esquina de su casa de siempre, en Sarandí, su lugar en el mundo, donde De Maio construye los versos y las rimas que le dan sentido a su vida.