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18 de enero 2015 - 01:10
Desde su mirador, Carlos le puso color al paso del tiempo
Un longevo empresario que explotó diversos rubros comerciales, espera el momento en que la Ciudad termine de expropiar el histórico inmueble que habita, al que un día salvó de que lo demolieran.

El histórico Mirador Salaberry, en Mataderos, pronto dejará de ser la casa de Carlos Ramos de los Reyes, el empresario de 94 años que espera el momento en que la Ciudad de Buenos Aires le pague la expropiación de la residencia, cuya construcción data de 1855, para irse a vivir con su esposa Amparo seguramente al barrio de Belgrano.

Su vínculo con el edificio enclavado en General Paz y avenida de Los Corrales, que cuenta con una torre que se eleva unos 45 metros sobre el nivel del Río de la Plata, es fuerte porque el día que lo compró para rescatarlo de una demolición segura, pensó que iba a ser su residencia definitiva después de un largo peregrinar por la geografía porteña e, incluso, el Uruguay.

Paradójicamente, el proyecto de expropiación de la finca fue votado en la Legislatura metropolitana el 14 de enero de 2014, casi cien años después que su padre desembarcara en Buenos Aires para montar tiempo después una fábrica de pigmentos para pinturas que terminó siendo una empresa líder en el rubro.


"Vivía en el Uruguay cuando un día pasé por aquí y el empleado de un amigo que tenía inmobiliaria se acercaba al mirador para poner el cartel de venta. Me enteré que la idea era demolerlo y entonces le pregunté a mi amigo cuando costaba. Me dio el precio y al día siguiente se lo compré", sintetizó Carlos a HISTORIAS DE VIDA.

Desde entonces, ese solar histórico se convirtió en su hogar, el que conserva el aljibe en el sótano, el mirador, uno de los únicos dos que quedan en pié en la Ciudad de Buenos Aires, y el taller en el que para mantenerse activo, ensaya nuevos preparados de óxido de hierro transparente, una de las especialidades que desarrolló para su empresa, Atlancolor, hoy ya extinguida.

Para Amparo, su marido "hizo de todo" y recuerda cuando tras un viaje de placer por Europa, terminó siendo tras un almuerzo con turistas con los que compartía el viaje, el representante en Argentina de un importador de vino verde portugués, producto que comercializó con éxito por casi cinco años.

La clave para avanzar en la vida reside, para Carlos, en encarar toda labor con intensidad. "Para dominar el tema de los pigmentos, estudié un solo año de química, pero completé mi formación con la enorme biblioteca que había en la casa de mis padres. Lo demás -observó- fue estar preparado y trabajar, aprovechando cada oportunidad. Pero hoy veo a mi nieto y lo que le preocupa, antes que estar preparado, es saber si va a ganar mucha plata en lo que emprenda".

Duro de doblegar

Pero no han sido fáciles las cosas para Carlos que no le pierde la mirada al cáncer intestinal que ha logrado dominar, tanto como a aquella severa hemorragia cerebral de las que exhibe, como medallas por la batalla ganada, marcas indelebles de una intervención quirúrgica que su calvicie no permite disimular.

Es que el hombre que pensaba que no iba a vivir mucho más allá de 2000, supo renovar su contrato con la vida, la misma que le arrebató a su hija Gabriela. Ahora espera tranquilo ver pasar sus últimos días en el inmueble en que residirá hasta que pase a ser patrimonio histórico de los porteños, al que un día salvó de las topadoras, pero abocado a escribir textos sobre su postura filosófica y a despuntar en su taller el vicio de darle color a sus días.