Pero también es cierto es que el destino quiso que Ernesto se acercara cada vez más a Gardel. “Mis padres eran muy pobres, al punto que recuerdo el pan duro con aceite y ajo como una comida habitual. Como habrá sido que me mandaron a vivir con una tía para que me pudiera mantener” contó. Fue por esos días que tomó contacto con Vicente Padula, el actor de las películas de Gardel “que me tiraba una chaucha, es decir una moneda de 20 centavos, cada vez que llegaba al barrio con su cupé amarilla descapotable”.
Siempre cerca del Mudo
Con el correr de los años Ernesto ganó prosperidad como cerrajero, lo que le valió tener respaldo suficiente para poder disfrutar a todo ritmo la noche porteña, conocer mucha gente y profundizar con músicos, compositores y mujeres que no dejaban pasar por alto su atractiva mirada azul profundo que le daban chapa de soltero apetecible.
Después que el efecto devastador del Rodrigazo de los años setenta pulverizara buena parte de su bienestar económico, Ernesto Recaló en Flores y fue en su actual lugar de trabajo donde un cliente de achacados 90 años le llevó una cerradura para reparar. “Esto no tiene arreglo”, le dijo al abuelo que contestó “pero yo no puedo comprar una nueva”. Fue así que le regaló el cerrojo y el hombre agradecido, volvió días después con un sobre repleto de fotografías inéditas de Gardel y el jockey Ireneo Leguisamo tomadas a finales de 1920.
“Resultó que el viejito era primo de Leguisamo y me retribuía con esas fotos que sabía yo iba a valorar el favor que le había hecho”, contó sobre el regalo que abrió otro capítulo en su pasión gardeliana, la de recolectar todo elemento relacionado al Zorzal Criollo, tal como lo comprobaron los inspectores de la AFIP mientras labraban el acta respectiva bajo la celosa mirada de Gardel inmortalizado en un pequeño cuadro.
“¿45-6746? Con Carlos por favor”
“Gardel no tenía celular” ironiza Ernesto en su cerrajería, para hacer gala de uno de los elementos históricos que tiene entre el amplio bagaje de viejas fotografías, recortes de diarios y grabaciones.
A propósito de teléfonos, Ernesto tiene apuntado el número que correspondía a Gardel y al que debieron llamarlo todos aquellos que alguna razón quisieron contactarlo allá a principios de la década del 30. “El número era 45-6746 al cual había que anteponerle en caso que el contacto fuera vía operadora, el nombre de la central, en ese caso Cuyo”, aclaró.
Pero no es sólo lo de Gardel conforma ese museo singular encerrado en cajas, carpetas y sobres papel madera. La memoria de Ernesto es la otra gran depositaria de datos tangueros aportadas por clientes como lo fue Tania, la esposa de Enrique Santos Discépolo, el autor de “Cambalache”.
“La referencia en ese tema a ver llorar la Biblia junto a calefón tiene que ver, según Tania, a un dato crudo -se atajó-: los inmigrantes colgaban en los baños, cerca de los calefones, las Biblias que les regalaban en las iglesias para usar sus hojas como papel higiénico”, precisó.
Un bohemio que ganó dos batallas contra el cáncer
Nadie puede dudar que Ernesto vivió su vida con intensidad al punto que hasta se dio el gusto de formar un dúo con un guitarrista ciego, que tocaba en los subtes para ganarse el sustento. La propuesta que armaron era para cantar tangos y poder honrar desde la bohemia que ambos cultivaban la filosofía de la noche porteña.
“Ibamos a cualquier lado a cantar y de ese modo conocimos a mucha gente” afirmó Ernesto al rememorar la actividad que desplegó entre 1964 y 1989 junto Juan Carlos Espil, quien era más conocido en las milongas y cafés donde se presentaban como el ciego Pipo.
Espil murió en 1989 y Ernesto se quedó sin ladero para una actividad a la que le ponía empeño con el modelo que le marcaba su perfil tanguero. Pero más allá de su actividad como cerrajero, su pasión gardeliana y la familia que formó con su esposa Norma, con quien tuvo un hijo hoy de 49 años, Ernesto también es un vencedor de batallas complicadas.
“Dos veces en mi vida tuve que enfrentar al cáncer. Primero uno de piel del que salí adelante y más tarde, en la próstata, pero aquí estoy” afirmó con optimismo y las ganas de vivir que expresa desde joven, como cuando con otro amigo le propuso al bailarín español Pedrito Rico ser una suerte de guardaespaldas, al solo efecto de compartir a la salida del teatro una mesa con las vedettes de su compañía