"Mis chicas no hacen un foul en todo el partido y hago como hacían los técnicos cuando yo jugaba: hablo muy poco y solo doy un par de indicaciones puntuales", señaló Fito, como lo conocen en el barrio, a HISTORIAS DE VIDA.
Las reuniones de los lunes a la noche en la mutual y su actividad comercial cotidiana en el negocio de librería que tiene, son otras de las ocupaciones que Miceli suma a las realizadas en el club barrial del que es fundador.
Hablemos de fútbol
A eso le añade las charlas que da cuando lo invitan de un club para hablar de uno de los temas que más sabe, donde arranca la admiración del auditorio al comparar épocas y tener una mirada profundamente crítica del fútbol actual.
"Lo que pasa es que me río de los sistemas con que han encorsetado al fútbol y que logran en mí algo curioso: con lo que me gusta, no aguanto ver los 90 minutos", señaló.
"Es increíble pero me cansa", insiste para quien hoy el fútbol "es en 80 por ciento físico y el 20 por ciento restante habilidad, cuando en los años que yo jugaba la proporción era exactamente al revés".
Pero también la idiosincrasia del futbolista cambió y mucho, como lo observa Miceli, quien en su carrera digirió sin problemas una frustrada venta a Europa y cerrar sus últimos años de actividad jugando en la liga de 9 de Julio o siendo jugador y técnico de Acassusso, a principios de los 60.
El otro tema que Miceli domina tiene que ver con el rol de padre, heredado sin duda de la figura de su papá albañil, el que aunque sea con pan y café con leche, logró que ninguna cena para su esposa y seis hijos quedara vacante.
De esa herencia bien pueden dar testimonio los hijos de Fito, Mario y Rubén, que encontraron razones más allá del fútbol para reconocer a su viejo como un verdadero crack. Porque como aquellos entrenadores de Miceli, lo suyo fue no hablar tanto sino tener a mano la jugada justa para ganar los partidos más difíciles en el duro campeonato de la vida.