"En los últimos años puse mi mirada en ver que le pasa a los chicos y eso me llevó a la posibilidad de proyectar actividades para estimularles la creatividad y la imaginación", explicó a HISTORIAS DE VIDA.
En realidad, Marcelo no tiene muy en claro como fue que le vino esa inspiración pero, como asegura, "hoy estoy ocupado en eso aunque es cierto que no le encuentro palabras para definirlo". Pero lo que sí sabe Marcelo, que recorre las últimas estaciones de sus 39 años, es que está haciendo lo que realmente le gusta.
Circo de papel
Lo concreto es que la actual veta artística reconoce mucho de su búsqueda en los chicos y de aquella formación en torno al color, la creatividad y la forma que le da perfil de diseñador gráfico, carrera a la que dejó cuando le faltaban tres materias para recibirse en la UBA, porque ya tenía trabajo en el medio.
En una clase en la facultad, Marcelo sintió el fuerte impacto de un docente que trajo a una persona que hacía un circo de papel. "A mí me llegó tanto que hoy hago algo parecido con títeres y juegos".
"En esto que hago hay que imaginarse lo que le pasa al muñeco y eso es jugar con la imaginación", apuntó en desafío al criterio formal que lleva por ejemplo al hacedor de sombras chinas a pensar cómo articula las manos y no necesariamente en la imagen proyectada en la pared.
Con lápices, papeles, hilos y hasta dos huevos con caritas y manos, junto con todo aquello que sea reciclable, Marcelo monta su mundo imaginario convencido que "el estímulo también alcanza al chico que reside en cada adulto" y valora saber que su rutina "le transforma el día al niño" al que va destinada.
Hace poco un nenito que había estado internado lo reconoció en un pasillo del hospital cuando caminaba sin la caracterización con la que se presenta en las salas. Lo había detectado por ese oficio al Marcelo aún no le encontró nombre. Y fue feliz igual que ese pibe durante la rutina de juegos y cuentos, como nunca se lo hubiera imaginado.