Una característica de Lamberti como corresponde a cada vida intensa, es haber sido generador y testigo de situaciones increíbles, como sus inicios de ayudante de veterinario en los frigoríficos.
Aún no se le fue de la memoria la imagen del rudo operario ataviado de blanco y munido de una chaira tan grande como el cuchillo que afilaba, que le sugería por las buenas la conveniencia de no encontrar ningún impedimento en el vacuno a punto de faenar.
Tampoco su decisión de instalarse a principios de los 70 en Espartillar, en el partido bonaerense de Saavedra, donde llevó a vivir a su esposa Moni, y donde nacieron sus hijos María Laura, cirujana veterinaria, y Juan Martín, licenciado en administración de campos, como no podía ser de otra manera.
Un veterinario por allí
Fue en Espartillar donde Lamberti redondeó uno de los aspectos más singulares de su historia sostenida en un veterinario acostumbrado a partos vacunos complicados y a resolver infecciones y enfermedades en los animales.
Sin embargo, en más de una ocasión y ante la ausencia del médico del pueblo, tuvo que arremangarse y atender urgencias de humanos que necesitaban de la ciencia de un profesional para superar el dolor.
Un camionero con un cólico renal fue uno de esos casos. El hombre, recomendado por el mecánico del lugar, llegó en un grito. Tras sacarlo de la emergencia, lo mandó a Bahía Blanca para que se hiciera una pielografía.
"Y eso hizo -rememoró- pero cometió el error de decir que lo mandaba el doctor Lamberti, lo que llevó a que el titular del Colegio de Médicos de Bahía Blanca me amenazara con hacerme juicio por ejercicio ilegal de la medicina. Yo le pedí que en lugar de eso, mandara algunos de los médicos que por allí le sobraban para evitar esos problemas".
La otra intervención memorable fue cuando cosió un corte tremendo a un peón herido en una disputa a cuchillazos, pero aplicando el punto de sutura para animales que era el que dominaba. Hoy Lamberti se ríe a carcajadas cuando recuerda que el peón, de vuelta a Espartillar, contó que el médico que lo atendió en el hospital , le dijo entre indignado y sorprendido: "pero a usted lo cosió un veterinario". Y de los buenos.