Fue cuando estudiaba la diplomatura que uno de sus profesores, Sergio Pujol, asoció el nombre con que la llamaban sus compañeros en el curso, Esthercita, con el tango 'Milonguita' que Samuel Linnig y Enrique Delfino concibieron en letra y música allá por 1920.
"El tango en su conjunto ocupa el primer lugar en la preferencia musical pero no sólo para la música y las letras en sí mismas, sino por haberme acercado a un mundo fantástico de músicos, poetas, bailarines, cantantes y artistas afines a ese género", indicó Esther a HISTORIAS DE VIDA.
Tito, el gran "culpable"
Para Esther, el tango es "un sentimiento de apertura" que afianzó al seguir los pasos de su esposo, primero, y de dos de sus hijos dedicados a la música, Karina, musicoterapeuta, y Marcelo, bandoneonista radicado en Francia, después.
A Tito, que es argentino y tanguero hasta la médula, lo conoció un verano en Montevideo por medio de una amiga. Es que el hombre, modelado en tango, le echó el ojo a la pebeta más linda de la avenida 18 de Julio y en un dos por cuatro nació el amor. "Yo tenía 19 años, a los diez meses nos casamos y vinimos a Buenos Aires donde Tito me hizo conocer el tango por dentro".
"Cuando repaso lo vivido me doy cuenta que guardo un tesoro en mi corazón que son los recuerdos compartidos gracias al tango con personalidades como Astor, Norberto Di Filippo, Virgilio Expósito, Osvaldo Pugliese, Horacio Salgán, los Suárez Paz, Oscar del Priore, Eladia Blázquez, Susana Rinaldi" y tantos otros de una lista interminable.
Mientras tanto, en el bastidor del piano del living de su casa, las firmas de Piazzolla, Horacio Malvicino, Héctor Console, Gerardo Gandini, Julio Pane y José Bragato rubrican el paso del sexteto liderado por el creador de Adiós Nonino en los ensayos previos a una gira por Estados Unidos. Y al contemplar ese piano, la Esther de esta historia se siente feliz por haberle dado toda el alma al tango aunque nunca se haya vestido de percal.