El rock and roll suena al palo en la casa de Estrada y Sande, en Avellaneda, donde en su interior un grupo de motociclistas conforman una cofradía repleta de camperas negras, cascos, máquinas portentosa de dos ruedas en la vereda y mucha calavera estampada. Los lidera Nacho, quien encontró en la camaradería aventurera de las caravanas por el interior del país una ruta directa a la libertad.
Nacho es el apodo de Ignacio Papin, de 44 años, el presidente del Barón Moto Club instalado en esa esquina y a quien de joven, cada vez que veía pasar una caravana de motociclistas, la sangre le hervía por dentro cuestionando los hábitos de la vida rutinaria.
"Cuando los sábados a la mañana iba a trabajar y veía a los motociclistas con sus choperas y sus camperas yendo para algún lado, me sentía un pelotudo" precisó Nacho a HISTORIAS DE VIDA.
De entonces a hoy pasaron unos veinte años y como a veces suele suceder, el tiempo vivido le deparó a Ignacio algunos sinsabores que lo sumieron en la angustia de la cual fue rescatado por sus pares, los motociclistas del club.
"Soy hijo único pero acá encontré a mis hermanos, los que me escucharon y sostuvieron en los momentos malos" señaló Ignacio para quien el club es el ámbito "donde cuando venís con un problema, lo compartimos y buscamos entre todos alguna solución".
A pesar de haber tenido una empresa de distribución de sanitarios que se fue al pasto por esos avatares de la economía, Nacho hoy se gana la vida como remisero en la zona sur, la que conoce a fondo por haber nacido en Lanús. Sin embargo, su foja de servicios incorpora otras actividades ya archivadas como la de barman, vendedor o seguridad, sostenido este empleo por una indiscutible envergadura física con la que impone respeto.
Venas de asfaltoA propósito de su moto, una Kawasaki Vulkan 750, Ignacio valora los viajes por el interior porque considera a "las rutas como las venas del país y particularmente los motociclistas somos la sangre que circula por esas venas".
Al igual que el resto de sus compañeros, Nacho valora el hecho de ir en moto "para que el viento me pegue en la cara", una sensación que lo condenó, afirma, "a que nunca más pueda trabajar atado en una oficina'.
Los viernes y sábados las cenas reúnen a los integrantes del club cuya denominación honra al piloto alemán de la Primera Guerra Mundial Manfred von Richtofen, el mítico Barón Rojo, sin que como apuntó Nacho "eso signifique que seamos nazis".
"Nos pareció bien honrar a un aviador que era un caballero y hasta fue reconocido por sus adversarios" aclaró, para desmitificar también el concepto de 'chicos malos' que impera sobre los motociclistas. "No somos malos ni duros, simplemente -destacó- somos seres humanos comunes".
El barrio los ha aceptado con ese show estático que esos dos días conforman todas las motos cuidadosamente estacionadas sobre la ochava y hasta se cuenta que los vecinos celebraron la llegada del club a la esquina antes dominaba por los malos hábitos.