El prólogo a la historia común que desarrollaron juntos comenzó cuando el padre de Nora, Luis Ramón Bello, empezó a llevar las cuentas de Laudonio. El boxeador, con una pinta galvanizada por los ojos azules que siempre atrajeron a Nora, no tardó mucho en conocer a la única hija de su asesor, que tenía por entonces 18 años y recién se había recibido de maestra, y se interesó en gestionarle un contacto que pudiera encontrarle una escuela donde empezar a trabajar.
En cuestión de días Nora se convirtió en la tercera novia que frecuentaba la vida del campeón y en
pocos meses contrajeron matrimonio, ante ante la sorpresa de don Luis que le preguntaba atribulado a su hija “¿Cómo te vas a casar con un boxeador?”. Pero así fue.
A pesar que nunca le consiguió ese trabajo de maestra, Nora valoriza todo lo aprendido junto a Abel. “Pasa el tiempo y sigo siendo la esposa del campeón que se consagró en la vida”. Y satisfecha por haber cumplido la misión de haber terminado el libro, Nora espera el próximo día
de visita a la clínica mientras visualiza a ese boxeador bien plantado que resiste con la guardia alta los golpes que vuelve a tirarle el destino, con la mirada puesta en el ring-side para ver con sus ojos azules al amor de su vida que una vez más y como siempre, está presente.