En esos años, el padre de Fernando le decía con cierta preocupación a Zelmira, la abuela del nene, que reparaba en la belleza de las flores: 'mi hijo es tan delicado' y la nona, recuerda Noy, contestaba con claridad meridiana: 'sí, pero es un genio'.
Nacido en Las Grutas, Río Negro, y con parte de la niñez transcurrida en Ingeniero Jacobacci donde en los fondos de su casa intentaba bailar clásico con su hermana, Fernando modeló su perfil creativo nutrido de los ámbitos inhóspitos y solitarios en los cuales, afirmó a HISTORIAS DE VIDA, "la poesía me surge sola".
"No me siento en un cuerpo equivocado porque soy feliz y asumido"' subrayó al referir a su homosexualidad. "Mi padre sufrió al principio, pero cuando se dio cuenta que yo tenía el duende dentro, me alentó a escribir. Además todo artista es andrófobo", subrayó.
Emperatriz en rodeo ajeno
Con el movimiento hippie, en los 60 "me hice adicto al Di Tella", explicó para marcar el kilómetro cero de su actividad como poeta, aunque unos tres años antes, a los 14, ya había empezado en el teatro del Arte con Malissa Zini como mentora.
Un duro golpe como fue la muerte de José Iglesias, Tanguito, lo llevó a autoexiliarse doce años en Brasil donde primero se hizo dueño del carnaval bahiano "como emperatriz del concurso, lo que me valió -dijo- ser invitada a la comparsa Belha Flor".
La vuelta a los pagos lo llevó a bucear en el movimiento underground porteño y en la discoteca Cemento, donde fue su primer presentador y conoció a Salvador Walter Barea, el performer de quien Fernando escribió el libro 'Te lo juro por Batato'.
Inquieto y vital, convocado por Cecilia Zabala ahora le está poniendo letra a partituras inéditas de Violeta Parra. Mientras tanto, proyecta un musical infantil y avanza en su autobiografía, un trabajo que puede resultar extenuante para un simple mortal, pero no para el ángel de la poesía que sobrevuela el Abasto.