El contacto con los estudiantes fue una de las actividades en la que Segundo arrastró a Osvaldo, ya que por mucho tiempo éste último se había negado a hablar de aquellos días de la guerra. "Me acuerdo que al otro día que nos rescataron del mar, el comandante del Destructor Piedrabuena nos juntó a los sobrevivientes para decirnos que una vez en tierra no contáramos nada ni habláramos con nadie. Allí me día cuenta que había empezado la desmalvinización", apuntó Valdéz superando la congoja que lo ahogaba.
Fibras del Belgrano
Es que cada fibra de Segundo y Osvaldo vibra toda vez que hablan del Crucero, del que recuerdan de memoria sus rincones y tienen grabado lo que pasó después que los dos torpedos del Conqueror hirieron de muerte a las cuatro de la tarde de aquel 2 de mayo al navío con 1.096 tripulantes.
"En ese buque nació entre los dos una amistad hermosa" aportó Osvaldo, que no se olvida de las responsabilidades que los ocupaban a los dos como cabos segundos en Control de Averías ni de las bromas que se hacían las que incluían, como norma de todo embarcado: el sorpresivo embate a papazos al marinero distraído que transitara la cubierta.
En las balsas en las que salvaron sus vidas, sacudidos por olas de diez metros y enfrentando frío glaciar, uno y otro pensaron en la suerte de su amigo, sin imaginar que ese episodio iba a profundizar la relación. El vínculo, evidente, reverdece cada vez que Osvaldo y Segundo se encuentran ya sea para evocar sus días en el Belgrano o dar una charla ante alumnos en la cual honran a los 323 compañeros que quedaron en el crucero hundido y a los también consideran, obviamente, sus hermanos.